
El que quiera entender que entienda.
Refranero popular
Y la que quiera, también.
Refranero popular, pero de verdad
Se miraban, se querían, sabedlo.
Yo lo supe en ese mínimo lapso que tarda el semáforo en cambiar de rojo a verde, desde la banqueta opuesta de Viaducto. No hace falta más —lo sabe cualquiera que haya estado enamorado— para ver el amor cuando es tan evidente.
Se apapachaban, se besaban e, incluso, se lamían con esa falta de pudor y la valentía y la justificación que te dan los sentimientos extremos.
No sé quién empujó, levemente a quién. No sé si —quizá— ella por la pasión o —tal vez— él por la alegría de. Lo cierto es que ambos lo interpretaron como un vamos, mi amor y —quizá, tal vez, quién sabe— el conductor del camión como a unos pendejos inconscientes nomás.
Lo único cierto es que ningunos de los dos cuerpos, tres cuadras más allá, completamente destrozados no supieron contestar.
Quizá, tal vez, quién sabe murieron tal y como lo hubieran deseado, juntos. La mano de ella a un sostenía su correa, aferrada, como en un abrazo final. Él se quedó con un mechón de su cabello entre el hocico.

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