Lili Rozenblit (en Eu tenho fe en mim (mesmo)

Lili Rozenblit

(Extracto)

Por suerte para los demás tus impulsos no habían traspasado eso que llaman, eufemísticamente hablando, la delgada línea que separa el bien del mal. Esa era la parte buena: la mala, la inútil era que no te servía de nada.

De manera inconsciente habías estado viajando por todo el mundo para conocer los ritos más ancestrales de todas las civilizaciones perdidas o en peligro de extinción. Creencias, leyendas, cuentos, mentiras disfrazadas de religión, religiones camufladas bajo copias de tradiciones sagradas.

Pintaste tus pies de henna en el Sáhara cual novia bereber que es llevada en volandas sobre una bandeja de plata al sacrificio sagrado del matrimonio [...]

® Pendiente de Edición

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Viajero Oviedo en "Nota del Editor"

Cuando leía Gallimard me trasportaba, inevitablemente, a París, a Montparnasse, al cementerio de Cronopios, y acababa borracho de Absenta.

Al leer Porrúa, cruzaba —dependiendo de su estancia circunstancial— el Atlántico y se sumergía en las recónditas aguas del Zócalo, y se cogía a la Malinche y terminaba, invariablemente, tomando Mezcal en Coyoacán. Seguir leyendo …

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Eres tan triste como una ciudad sin tranvía. Un tranvía es el recuerdo, la memoria de una gran, vieja ciudad de cualquier pueblo venido a más con ínfulas de capital, que todo paseante o viajero accidental guarda para sí como la nicotina se acumula en los pulmones, por más que lo hayas dejado. Ella jamás te dejará. El sabor del primer y último cigarrillo. El de un beso, una mujer.

De Lisboa a Trieste. De tu cama a la mía circula un viejo tranvía; lento, pero seguro. Tan triste, tan trieste. No hay nada más triste, o pocas cosas, que sacar a pasear al perro, de noche, por dónde sea. Por el barrio, por ese trocito de verde que te empeñas en llamar césped, para que el puto, maldito e inocente chucho cumpla con sus necesidades fisio-biológicas y, tal vez, con sus instintos socio-naturales si se cruza con alguna hija de perra, mientras tú observas impaciente el paisaje cotidiano que voverás a ver mañana, casi de noche, cuando salgas medio completamente dormido como cada día para ir a cumplir con eso que te empeñas en llamar tu vida. Pocas cosas más tristes, muy pocas, piensa. Pero igual la pequeña alegría, la gran realidad de que nadie en tu casa te haya recordado que tenías que sacar al animal, te consuela un poco, muy poco; o termina de hundirte definitivamente

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