Tenía unas ganas locas de escribir —llamémoslas estúpidas o María: el nombre da igual, por hoy—, así que por la misma endeble razón me obligué a no hacerlo, o sea, a saber por qué cuando estoy absolutly (perdón por el anglicismo: es mi homenaje a Gabo y sus teorías) convencido de que no sirve para nada es cuando más se manifiestan.
Agarré una de ellas por el suave, delicado, sedoso, mordisqueable cuello y la recosté delicada, premedita, obsesiva, lingüísticamente sobre la mesa de disección que personifica metafórica, disimulada, sexo-adicta, infantil y freudianamente esta hoja en blanco.
Para no defraudar a los cerebros acostumbrados a creer que dos más dos son dos más dos, debo anticipar el final diciendo que esa combinación de convenciones que llamamos palabras, murió en la mesa del quirófano de la asociación de ideas, términos y signos que implica aceptar que “negros” es algo más que el término usado para describir el color de tus ojos.
Te juro que sentí algo parecido a un dolor metafísico mientras abría en canal su sema, su lexema mientras sus fonemas me miraban con cara de cordetiros degollados preguntándome porqué. Será muy fácil para ti que lo lees acusarme de sadismo literario, pero hasta que no te enfrentes a una J sin ganas de joder, jadear, Jalisco, joven, joto, juntos… jamás, repito, nunca deberías decir de esta letra no me aprovecharé.
Al velorio de la difunta vinieron, como no podía ser de otra forma, sus familias semánticas más allegadas. Tenías que ver a los parientes léxicos de la palabra amor llorando desconsolados, a los adjetivos haciendo el papel de lugares comunes, de epítetos épicos orgullosos herederos de vulgares y semi-majestuosos cantares de gesta: como lloraban de sus ojos, esos ojos negros, como mi alma, como para satisfacer mis deseos más íntimos, los más perversos.
Si sabes a lo que me refiero es porque alguna vez has buscado desesperada, inevitable, ansiosa y urgentemente esa palabra que pudiera describir, si quiera vana, aproximativa, necesariamente algo de lo que estabas sintiendo en un momento dado.
No creas que es fácil escribir. No es agradable ser el verdugo que sentencia sinónimos casi sin motivo aparente al oscuro pozo del diccionario. ¿Cómo decirle a unos adjetivos tan evidentes como abisal, instantáneo, eterno, míos que no conjugan irracionalmente en esta oración?
¿Cómo puedo ser tan asquerosa, literaria, sintáctica, radicalmente sincero si miro tus ojos, si me miras con ellos, y decir así, tranquila, fría, vanal y ortodoxamente que tus ojos son lo que me lleva a buscar excusas disfrazadas de palabras para escribir todo lo que aún no puedo decirte sin ellas?
Sin embargo parece tan fácil cuando lees. Parece tan evidente que da hasta miedo si no fuera verdad. O tal vez sea la verdad lo que nos asusta. Por eso, después de tanto experimentar con ellas, con la esencia de las ideas transfiguradas en signos convencional y socialmente aceptados, me basta una mirada tuya para confirmar que todas mis hipótesis eran erróneas. Me bastas y punto. Suficiente. Me sobran las palabras, me bastan los silencios. Me sobran los espacios, me faltas tan sólo tú.

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