Cuando se hallan dos balas sobre una campo de
guerra algo debe ocurrir, que prediga el amor.
Enciendo un cigarrillo y otra más, claro, y también creo que es muy posible que al techo le haga falta una mano de pintura. Pero a mi cabeza definitivamente sí. Y no pienso hablar de mi corazón por más que te empeñes. No, no y no.
Tengo media botella de vino y otra media vida por delante. Habrá que tomar decisiones drásticas para saber cuál nos bebemos primero. Y, mira tú por dónde, ahí tienes una justificación perfecta para todos los males. Así no tendrás que pensar en tu pasado sino en el mío y tú sabes que estoy acostumbrado a cargar con cruces ajenas, tanto que ni me pesan porque me vale madre.
Tu seguirás siendo una buena muchacha de casa decente, como si eso fuera una virtud, como si lo extraordinario fuera ser una mala persona, como si uno no leyera las noticias a diario. Aún me echas en cara mi pasado cual maldición gitana. Y te molestas cuando te hablo de la relatividad del tiempo, de las horas, de los días y las noches y que no hay nada más importante que aquel beso, ese paseo, aquella mezcla de latidos.
Mi pasado es una imagen que acepto que vuelva incluso en recuerdos más o menos nítidos, o sea, en sensaciones de las que no reniego. Yo no voy rompiendo fotos, quemando fantasmas, hundiendo anillos, suplicando olvidos. He podido enfrentarme hasta con la ciencia de la genética, desprenderme de los prejuicios anacrónicos de la familia, aún a sabiendas de que me pasarían factura. He sabido, o simplemente querido, despojarme hasta de la camisa que llevaba puesta y ver venir al futuro incierto parapetado tras su coraza de dudas y dudas y.
No encuentro explicación válida a los miedos ancestrales con los que nos programaron al nacer. Yo no soy distinto. Mi única razón es creer en la locura, dar la vida por eso que sentimos una vez y que jamás lograrás hacerme olvidar, aunque no lo recuerde. Siempre nos referimos a las cicatrices como a estigmas que llevamos grabados y que se van suavizando con el tiempo. Esos huesos rotos que sólo se hacen presentes una tarde lluviosa y húmeda y triste y solitaria de domingo.
Pero el domingo tú ibas a misa. Daba igual que jamás hubieras pisado una iglesia: tu dios te esperaba cada noche, pacientemente, detrás de cada lágrima desperdiciada sobre la almohada; y el diablo se sonreía cuando aferrabas las sábanas antes, durante y después de cada orgasmo.
Mis heridas de guerra son mis heridas de vida. Por ellas estoy aquí, por eso soy lo que soy y lo que pueda llegar a ser. No se trata de presumir de ellas como de medallas, pero soy consciente de todos y cada uno de los dolores y satisfacciones que me infringieron.
Amo mis cicatrices, son mis tatuajes involuntarios. Hubiera elegido una mariposa en mi mano, un colibrí sobre el pecho, pero acepté llevar cada dibujo de la única manera posible, o sea, a flor de piel. Y tú, sin embargo, escondes hasta la cicatriz del estómago por donde nació la vida, las estrías de tus pechos sobre las que tanto me gusta detenerme como si fueran los círculos concéntricos de la experiencia vegetal.
«Dicen», es ya media mentira, la verdad de las vecinas. «Si hubiera», arrepentimiento inútil, la conjugación verbal preferida de los cobardes. Que me digas que tu único error fue quererme confirma que mi gran acierto fue amarte.

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