Desnudos_Chicca
To louca pra te ver chegar
To louca pra te ter nas mãos
Deitar no teu abraço, retomar o pedaço
Que falta no meu coração.
Fico Assim Sem Você

Recuerdo que nunca me pediste que te escribiera nada, ni una carta, ni un poema ni nada que se le pareciera. Ahora sé que sabías que todo lo que salía de mí contenía la esencia de nosotros.

No cambio ni un momento de mi vida, ni siquiera aquellos en los que lloraba premeditadamente o te amaba segundo tras segundo, de lunar a lunar, de pezón a pezón, de oca a oca y tiro porque, además e incluso ya no te toca.

Pero era tan lindo pararse de nuestra cama después de haber tenido tu mirada fija en la mía y mi lengua en tus labios. Tan lindo, tan irrazonable llegarme hasta el salón y escribir a la luz del cigarrillo tantas cosas que hoy carecen de sentido. Seguir leyendo …

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¿No ven?, ya soy decente: me fue fácil.


Es muy triste que alguien pueda creer que dos más dos son cuatro; o que sea en lo único que crea. Cuando la ciencia pueda diseccionar mi cerebro no encontrarán ni eso, mi masa encefálica. Bueno, a lo mejor sólo fálica nomás.

Y ahora deberíamos cambiar de tema disimuladamente. Pero hablando de exo

Un pero es casi un hubiera… Pero, me matan tus pasados, tus frases hechas, en las que sé que no crees ni tantito y las usas como armas de doble filo: te cortan y me cortan; o tal vez sólo sea otra de tus estrategias para llevarme hacia la vela prendida que tanto hemos buscado al fondo de la recámara, justo en esos —oportunos, necesarios— momentos en que a la gran puta disfrazada de modernidad le da por dejarnos a media luz.

El teatro nunca fue mi fuerte, quizá porque aún tiemblo cuando asisto a una función y me parece más mágico que el mismo cine ver a personas —humanas, dirían algunos— viviendo otras vidas que no son suyas. Esa mezcla tan perfecta entre fantasía y realidad me asusta. En el mero hecho de comprar la entrada ya asumimos que nos van a mentir, que usaran técnicas de prestidigitador para hacernos viajar a través del tiempo (el espacio queda suspendido, reducido a la butaca).

Sin embargo no veo nada de irreal en la actuación de un actor. Dicen que los buenos terminan por creerse su personaje hasta el extremo de confundirse inevitablemente con él. Tal vez sea la única forma de hacérselo sentir a los espectadores. De ahí su locura: sana, enfermiza, necesaria.

Todos tenemos etapas en las que nos sentimos personajes de una tragicomedia. Nos dedicamos a representar un papel en una trama que desconocemos, con un guión que nadie nos dio  a leer. Una obra a la que los demás se empeñan en llamar nuestra vida, con compañeros de reparto que vienen y van.  Pero ni siquiera nos da tiempo para pensar todo esto entre acto y acto. ¿Podrían presentarme al director? Necesito hablar con el guionista. Esas luces me impiden ver a los espectadores y ni siquiera estoy seguro de que haya alguien más allá de la platea.

No quiero pensar que, al fin y al cabo, esto es todo lo que hay.  Esta sesión continua siempre improvisando, donde un  orate con ínfulas de demiurgo pone palabras incomprensibles en mi boca, diálogos absurdos con contertulios desconocidos.

Debo partirme en dos. Ya no se trata de ser quien soy, además debo representarme en cada función ante un público distinto cada vez. Mi partener cambia cada día, el decorado también. De nada me sirve memorizar las palabras si mañana, en la próxima gira, en el siguiente auditorio seguiré sin saber si soy el protagonista de la obra o un mero actor de reparto.

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Yo he preferido hablar de cosas imposibles
porque de lo posible se sabe demasiado.


Podría hacer una relación de días y noches, de horas y minutos, de paisajes nuevos, anhelados y otros que de vez en cuanto atacan la memoria cuando menos te lo esperas.

Por norma me desabrocho los recuerdos antes de la contienda no siempre diaria contra Morfeo. La táctica a veces no resulta y se pierden algunos efectivos en la batalla, o sea, que soy capaz de recordar mis sueños. Entonces pienso que él es un dios, su padre un hijo de la chingada que te sobreviene en los momentos más inoportunos, su madre toda una dama vestida de negro y su hermanastro la más oscura de todas las pesadillas. Sin duda, juega con ventaja: mi abolengo no es tan ilustre.

Y aunque no haya estado en los mercados grandes de la palabra, ya te habrás dado cuenta de que son mi artillería pesada, me sirven para maquillar esta tarde gris que parece no acabarse nunca y contarte un montón de mentiras con apariencia de realidad. Decirte que soy feliz, que no te extraño, que el café está mañana sabía igual de bien que siempre o mejor, o que este cigarrillo y esta copa no son un suicidio lento, premeditado, inútil.

Procuro no prestar atención a los detalles pero me atosigan. Me provocan una comezón insectívora que, de a poco, me va ganando superficies más sensibles que la epidermis. Cuando se aproximan peligrosa, sospechosamente a las vísceras más incontrolables me pongo a enumerar las manchas en el sol, a resolver ecuaciones de segundo grado, a comprobar empíricamente que sólo sé que no sé nada, ni de ciencia, ni de arte, ni de algo, ni de ti. Y entonces los por qué se convierten en cuando y los únicos números que me resultan familiares son el ocho que dibuja tus caderas, el dos que tan poco nos cuesta sumar y el uno que me mira con cara de idiota desde el otro lado del espejo.

Sólo espero poder estar a tu alcance cuando sea preciso y prescindir cada vez más y mejor de mis enemigos que son todos y cada uno de los espacios en blanco que se agolpan entre estas letras, agazapados esperando el momento entre la indecisión actual y la cobardía heredada; estos silencios albinos.

Espero que te veas retratada, que te sientas silenciosamente perseguida, que recuerdes este buenas noches y desees este buenos días.

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Foto: Daniel Robles

Ojalá que la lluvia deje de ser milagro que baja por tu cuerpo.
Ojalá que la luna pueda salir sin ti.
Ojalá que la tierra no te bese los pasos.

Nunca pensé que alguna vez fuera a tenerle algo así como miedo a ciertas palabras. Por eso las historias que empiezan con las tópicas y terminan con las típicas nunca me han llamado especialmente la atención.

Par ser sinceros debo admitir que aún hoy día dudo que ninguna de ellas sirva realmente para algo, aunque también sé que hay momentos en que se nos hacen imprescindibles, a pesar de lo difícil que muchas veces resulta encontrar la palabra precisa, la sonrisa perfecta.

Sin embargo vivo por y para ellas. Tienen sabores y perfumes únicos. Sus combinaciones permiten cerrar los ojos por momentos y evocar imágenes, sensaciones, hasta sudores. Son el auxilio de los amantes en pleno éxtasis, incluso en esos momentos en los que están de sobra, y otras parecen emanar directamente de una mirada.

Pensamos con ellas y fueron las responsables, mis aliadas cuando trataba de expresarte de alguna manera todo lo que quise decirte.

Me sigue extrañando verlas por ahí dispersas y que a un lado aparezca mi nombre y yo sólo vea el tuyo. Y más raro se me hace cuando, con el paso del tiempo y dos o tres lecturas obligadas por el oficio y la melancolía se deciden a volver, a quedarse, incluso a reclamarme con sus metáforas, y me amenazan con el abandono definitivo.

Quizá ahí radique su magia, pero las paradojas me siguen pareciendo una sonrisa cruel del destino. Todavía no me explico cómo las mismas palabras, hasta las mismísimas frases, fonema por fonema pueden ser usadas para devolvernos la vida o matarnos definitivamente.

Pero también por eso son mi refugio, mi calmante y me aferro a ellas cuando vislumbro el terrífico abismo que se abre bajo mis pies desde que cambiaste el ojalá por el más nunca.

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Mi copa

Cuando se hallan dos balas sobre una campo de
guerra algo debe ocurrir, que prediga el amor.


Enciendo un cigarrillo y otra más, claro, y también creo que es muy posible que al techo le haga falta una mano de pintura. Pero a mi cabeza definitivamente sí. Y no pienso hablar de mi corazón por más que te empeñes. No, no y no.

Tengo media botella de vino y otra media vida por delante. Habrá que tomar decisiones drásticas para saber cuál nos bebemos primero. Y, mira tú por dónde, ahí tienes una justificación perfecta para todos los males. Así no tendrás que pensar en tu pasado sino en el mío y tú sabes que estoy acostumbrado a cargar con cruces ajenas, tanto que ni me pesan porque me vale madre.

Tu seguirás siendo una buena muchacha de casa decente, como si eso fuera una virtud, como si lo extraordinario fuera ser una mala persona, como si uno no leyera las noticias a diario. Aún me echas en cara mi pasado cual maldición gitana. Y te molestas cuando te hablo de la relatividad del tiempo, de las horas, de los días y las noches y que no hay nada más importante que aquel beso, ese paseo, aquella mezcla de latidos.

Mi pasado es una imagen que acepto que vuelva incluso en recuerdos más o menos nítidos, o sea, en sensaciones de las que no reniego. Yo no voy rompiendo fotos, quemando fantasmas, hundiendo anillos, suplicando olvidos. He podido enfrentarme hasta con la ciencia de la genética, desprenderme de los prejuicios anacrónicos de la familia, aún a sabiendas de que me pasarían factura. He sabido, o simplemente querido, despojarme hasta de la camisa que llevaba puesta y ver venir al futuro incierto parapetado tras su coraza de dudas y dudas y.

No encuentro explicación válida a los miedos ancestrales con los que nos programaron al nacer. Yo no soy distinto. Mi única razón es creer en la locura, dar la vida por eso que sentimos una vez y que jamás lograrás hacerme olvidar, aunque no lo recuerde. Siempre nos referimos a las cicatrices como a estigmas que llevamos grabados y que se van suavizando con el tiempo. Esos huesos rotos que sólo se hacen presentes una tarde lluviosa y húmeda y triste y solitaria de domingo.

Pero el domingo tú ibas a misa. Daba igual que jamás hubieras pisado una iglesia: tu dios te esperaba cada noche, pacientemente, detrás de cada lágrima desperdiciada sobre la almohada; y el diablo se sonreía cuando aferrabas las sábanas antes, durante y después de cada orgasmo.

Mis heridas de guerra son mis heridas de vida. Por ellas estoy aquí, por eso soy lo que soy y lo que pueda llegar a ser. No se trata de presumir de ellas como de medallas, pero soy consciente de todos y cada uno de los dolores y satisfacciones que me infringieron.

Amo mis cicatrices, son mis tatuajes involuntarios. Hubiera elegido una mariposa en mi mano, un colibrí sobre el pecho, pero acepté llevar cada dibujo de la única manera posible, o sea, a flor de piel. Y tú, sin embargo, escondes hasta la cicatriz del estómago por donde nació la vida, las estrías de tus pechos sobre las que tanto me gusta detenerme como si fueran los círculos concéntricos de la experiencia vegetal.

«Dicen», es ya media mentira, la verdad de las vecinas. «Si hubiera», arrepentimiento inútil, la conjugación verbal preferida de los cobardes. Que me digas que tu único error fue quererme confirma que mi gran acierto fue amarte.

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