Hay libros que me confirman en la idea de que uno, a veces (muchas), escribe para exorcizar fantasmas, acumular recuerdos o escupirlos como quien se ahorra un par de sesiones de psicoanalista.

Me gustan esos libros, me son afines, me cae. Y más aún cuando el autor consigue empatizar tocando fibras, que no son más que las suyas y, sin embargo, describe situaciones o sensaciones casi personales. ¿Acaso es otra cosa la literatura? O cuando hace vivir a sus personajes en lugares que uno ha estado o daría cualquier cosa por conocer algún día. Seguir leyendo …

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