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Máquina de escribir en "El exilio interior"

Sé que no entiendo, no tengo capacidad para entender las heridas que nunca cicatrizan provocadas por el exilio. Será porque nunca he comprendido que alguien pueda extrañar un cacho de tierra. Y no, ni siquiera entiendo que se pueda echar de menos el tiempo pasado, perdido o no, y mucho menos que se pueda extrañar a otras personas. A lo sumo puedes tener ganas, un día —mejor una noche— de volver a compartir algo con alguien, de algún sabor, de algún que otro olor perdido por alguna calle en un tiempo y alguna ciudad que, con un poco de suerte, ya no sabrás diferenciar de ésta en la que ahora te vas dejando morir. Seguir leyendo …

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Crítca en "Critica, que algo queda"

La verdad es que estoy algo cansado. Esto, que debería importarle tanto como nada a casi todo el mundo excepto a mí, llega un momento en que uno espera que se convierta en verdad.

“Perdón por la alegría” creo recordar  que era el título de una de las primeras —si no justo la primera— entradas de este blog, que llamo así a falta de mejor nombre y por costumbre.

Algunas personas que me conocen y otras que creen conocerme —incluyéndome— saben el porqué de su existencia. Como casi todo lo que hago y, sobre todo, lo que escribo tiene un porqué. Muchas veces inventado después de vivido, pero ese es otro tema. Seguir leyendo …

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Neuman en el Geneve (en El viajero del siglo)

Ha pasado casi un año (4 de agosto de 2009, Hotel Geneve, DF) y no parece que no haya pasado nada más que tiempo. Digamos que esto es algo parecido a una reseña de un libro aunque no sea más que una excusa para recordar un espacio y un momento determinados.

Mis congratulaciones al narrador que, ahora me entero, recibió otro premio por el libro aquí mencionado. Hay gente pa tó, que diría alguien.

“El futuro nos espera en el siglo XIX”

Aunque parezca una pedantería, a pesar de la posible belleza de un oxímoron más o menos conseguido, sólo espero que se convierta en otra predicción fallida y que nunca se convierta en realidad.

Creo recordar que la presentadora del acto habló de que el premio, presidido —otra vez— por Luis Goytisolo (lean sus libros más que sea como experimento científico para comprobar que la literatura no tiene nada que ver con la genética. Alá sea con Juan) destacó el estilo decimonónico del autor pero escrito en el siglo XXI. No lo sé, estoy ahora mismo asistiendo a una “lectura dramatizada” por el mismo autor y una actriz que de la que sólo sé que está muy buena y sabe lo que hace, ella, claro. Pero no debo ser tan desagradecido: al menos la representación me anima a no leer la novela, definitivamente. Seguir leyendo …

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¿Perdón? (En "Se matan curas: viola dos y paga uno")

Me apetece matar al Papa; de hecho estoy planeando hacerlo. Primero voy a sodomizarlo, claro, pero me gustaría usar los mismos métodos que padecieron millones de seres humanos —de los de a deveras— a manos de la Inquisición, ahora llamada Congregación para la Doctrina de la Fe. Evidentemente también pienso demandar a la iglesia por usar mi apellido: supongo que la SGAE me echará una manita en esto.

La verdad es que las palabras que me late escupir son: hijos de la gran puta o de perra, pero sé que sus madres no tienen culpa ninguna de haber parido esos engendros, y menos aún la especie animal. Seguro que hoy la madre de Ratzinger estaría a favor del aborto, como las de todos los ignorantes que creen que un monigote clavado a un palo de madera les va a regalar otra vida aunque en esta hayan violado niños. Seguir leyendo …

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México

Con el derecho que me otorga tener la —premedita— suerte de estar hoy aquí, en esta noche tan cargada de significado para el pueblo mexicano, se me ocurre reflexionar sobre los motivos que han hecho posible esta coincidencia.

Me parece haber adquirido el derecho a opinar sobre este tema por la misma razón que tengo a hacerlo sobre cualquiera. Si no recuerdo mal (lo que sería una novedad) ya escribí por alguna parte que nadie tiene más privilegios sobre otra persona por el simple —casual, para nada premeditado— hecho de haber nacido en un lugar determinado. A lo sumo dispondrá de una visión más amplia, un conocimiento más profundo, pero también, inevitablemente, un punto de vista menos objetivo o más parcial.

«Cada año, el 15 de septiembre a las once de la noche, en todas las plazas de México celebramos la Fiesta del Grito; y una multitud enardecida efectivamente grita por espacio de una hora, quizá para callar mejor el resto del año». Volveré a citar varias veces a Octavio Paz en su lúcido ensayo, imprescindible por más o menos de acuerdo que se pueda estar con él. A pocos minutos de esa hora tan señalada para un «pueblo ritual» como es México, en la noche en que debería, aunque sólo fuera por pura curiosidad antropológica, estar en el mero centro del Zócalo capitalino, lamiendo si fuera preciso el poste de la bandera (eso sí, enchilada y con sal), paradójicamente me veo escribiendo esto en El Laberinto de la Soledad que significa la hoja en blanco del procesador de textos.

Podría inventar excusas, incluso algunas creíbles, pero la verdad es que ha sido así porque me ha dado la gana. Y esta fue una de las primeras cosas que me advirtieron en mi calidad de exiliado voluntario: en México la verdad está prohibida, y creo que esta debe ser una de las pocas leyes no escritas que los mexicanos siguen casi a raja tabla; tal vez por el detalles de no estar escrita, de ser un acuerdo tácito, popular, ancestral —un virus genético, pues, heredado de la estupidez y arrogancia española— y sobre todo no promulgada por ninguno de los gobiernos corruptos que han sido y —me niego a escribir aunque parece inevitable— serán.

También puedo recurrir a la poesía hecha canción y decir que «Hoy me deber era cantarle a la Patria, alzar la bandera, sumarme a la plaza. Hoy era un momento más bien optimista, un renacimiento, un sol de conquista», e incluso añadir «Pero tú…», pero no. Hoy, ahora, no. Casi voy a intentar parecer serio. Así que, volviendo al tema, «esa noche los amigos, que durante meses no pronunciaron más palabras que las prescritas por la indispensable cortesía, se emborrachan juntos, se hacen confidencias, lloran las mismas penas, se descubren hermanos y a veces, para probarse, se matan entre sí [...] Porque el mexicano no se divierte: quiere sobrepasarse, salta el muro de soledad que el resto del año lo incomunica».

Visto desde fuera, México y los mexicanos llevan el estigma de la generalización como cualquier otro pueblo del mundo. Pero lo asumen como una seña de identidad, tal vez gracias a un fervor —y eso sí que no es un tópico— religioso tan desmesurado que asombraría a los franciscanos y jesuitas que promovieron la evangelización en la Nueva España. Si hubieran sabido que México iba a convertirse en el país que más contribuye económicamente con la Iglesia seguramente algún mexica se hubiera librado de la hoguera.

«En pocos lugares del mundo se pude vivir un espectáculo parecido al de las grandes fiestas religiosas de México», y no hace falta añadir que también las laicas aunque, por si fuera poco o, por mejor decir, para más inri, el Grito de Dolores (¿irónico que una fiesta se llame así? Surrealismo puro) es para conmemorar la rebelión el cura Miguel Hidalgo.

Seguramente aquellos santos varones pensaron que habían conseguido su objetivo y hasta el heredero de sus Católicas Majestades se creyó en verdad investido por la gracia de su dios, pero lo paradójico, otra vez, fue que no hubo conquista alguna: cuando el enemigo no sólo se rinde, sino que te espera y te recibe como confirmación de sus creencias ancestrales, no se le puede llamar victoria. «Pero ni el genio político de Cortés, ni la superioridad técnica —ausente en hechos de armas decisivos como la batalla de Otumba—, ni la defección de vasallos y aliados, hubieran logrado la ruina del Imperio Azteca si este no hubiese sentido de pronto un desfallecimiento, una duda íntima que lo hizo vacilar y ceder». Sólo se me ocurre una explicación para que los mexicanos de hoy se enorgullezcan de pertenecer a una civilización —sólo cuando se habla de la conquista y la masacre— de guerreros, y es la del más completo desconocimiento de su propia historia. Sus antepasados no lucharon contra los bárbaros de allende los mares. Cortés no hubiera pasado del primero round. El ejército de ex presidiarios y escoria social que lo acompañaba jamás hubiera puesto su vida en riesgo por una remota posibilidad de enriquecimiento.

«¿Por qué cede Moctezuma? ¿por qué se siente extrañamente fascinado por los españoles y experimenta ante ellos un vértigo que no es exagerado llamar sagrado —el vértigo lúcido del suicida ante el abismo? Los dioses lo han abandonado. La gran traición con que comienza la historia de México no es la de los tlaxcaltecas, ni la de Moctezuma y su grupo, sino la de los dioses. Ningún otro pueblo se ha sentido tan absolutamente desamparado como se sintió el pueblo azteca ante los avisos, profecías y signos que anunciaron su caída». Por eso es absurdo y denigrante creer que los españoles los conquistaron con sus habilidades militares y su mayor —supuesto— ingenio. Conviene recordar que esos invasores recién estrenaban nacionalidad. La reconquista terminó justo en 1492 y apenas comenzaba la expansión del Reino de Castilla con la conquista de las Islas Canarias. Y permítaseme alardear de algo que me trae absolutamente sin cuidado: si los guanches (una cultura que, por los estudios arqueológicos de que disponemos hasta el momento, no pasaban de ser una civilización de la edad de piedra a nivel tecnológico) resistieron casi cien años el ataque de los castellanos. Entonces ¿cómo creer que Nueva España se conquistó en apenas dos? México tiene muchos motivos para sentirte orgulloso, pero éste, sin duda, no es uno de ellos.

Parece demostrarse que los pueblos que olvidan su historia están condenados a repetirla. Por eso me impresiona y admira la celebración de un día como hoy. A pesar de lo dicho hasta ahora, o precisamente por ello, creo que cualquier país tiene el deber de enorgullecerse de su independencia, y no digamos si es de los españoles. Pero tal vez deberían dejar de desgarrarse las vestiduras los dizque nacionalistas cada 12 de octubre por una conquista que no fue tal, y empezar a preocuparse de a deveras por la subliminal pero no menos salvaje colonización de los bárbaros del norte. Rememoremos la célebre cita de Don Porfirio: «Pobre México, tan lejos de Dios, y tan cerca de Los Estados Unidos». No sé si es de su autoría o se la escribieron, como la historia, pero hoy podría decirla cualquier político de este país, siendo generosos y muy optimistas y creyendo que exista alguno con capacidad para gobernar.

Nos quejamos, eso sí, eso es gratis, pero bebemos cocacola como el que más. Los criticamos porque tienen una mísera historia de un par de siglos y nosotros somos guerreros auténticos, con todo y pirámides. ¿No será que los envidiamos tantito? ¿Volveremos a cometer el error en esta segunda, imparable conquista y asumiremos los defectos del invasor y desecharemos sus virtudes por necio orgullo? Sé que los norteamericanos tienen cosas buenas; lo sé aunque no me venga ninguna a la cabeza porque todas me atacan al bolsillo. MALI

No conozco ningún turista, ningún viajero ocasional o más o menos permanente que haya estado en estas tierras y no se haya enamorado para siempre de ellas. Cualquier extranjero puede reconocer las maravillas de este país, pero ¿y los mexicanos? No importa, somos los más chingones aunque no sepamos muy bien por qué. «Toda la angustiosa tensión que nos habita se expresa en una frase que nos viene a la boca cuando la cólera, la alegría o el entusiasmo nos llevan a exaltar nuestra condición de mexicanos: ¡Viva México, hijos de la Chingada! [...] Con ese grito, que es de rigor gritar cada 15 de septiembre, aniversario de la Independencia, nos afirmarnos y afirmamos a nuestra patria, frente, contra y a pesar de los demás. ¿Y quiénes son los demás? Los demás son los “hijos de la Chingada”: los extranjeros, los malos mexicanos, nuestros enemigos, nuestros rivales».

La irreductible capacidad del mexicano ante las adversidades podría considerarse como una gran virtud; su ingenio para ir tirando, su esperanza. Pero muchas veces la esperanza es confundida con la santa paciencia, con el quedarse quietos y esperar a que sea el otro el que dé el primer paso, a que sea otro el que venga a salvarnos. Y cuando la esperanza se convierte en simple fe (en Diosito, en la Virgen de Guadalupe, en el Presidentucho de turno del sexenio) esta virtud se trastoca en un defecto que se va transmitiendo por generaciones: la irresponsabilidad, y de ahí a la falta total de respeto por casi todo, desde las leyes, el civismo, la educación hasta llegar a faltarle al respeto a la vida, propia y ajena. «La indiferencia el mexicano ante la muerte se nutre de su indiferencia ante la vida [...] El desprecio a la muerte no está reñido con el culto que le profesamos [...] Así pues, nuestras relaciones con la muerte son íntimas ——más íntimas, acaso, que las de cualquier otro pueblo— pero desnudas de significación y desprovistas de erotismo. La muerte mexicana es estéril, no engendra como la de los aztecas y cristianos».

Es curiosa esta dicotomía de la idiosincrasia mexicana entre la vida y la muerte. Ya no queda nada del concepto ritual del sacrifico azteca, de la inmolación ante las dioses de los moradores precolombinos. El azteca daba su vida porque sabía o creía que la muerte no era más que otra etapa de la vida, otra forma de vida, si se quiere. Lo que, por otro lado de un modo casi eufemístico los cristianos llaman la vida eterna. Esa filosofía de los aztecas tan espiritual, casi oriental podría ser la justificación al desprecio que parecen tener sus herederos por la vida. Sin embargo, al verse mezclada, triturada en un licuado espeso y grumoso con las creencias que inculcaron los conquistadores con sangre y fuego, deja de tener sentido. Los evangelizadores acusaban a los indios de salvajes por sus rituales, pero nosotros, ahora, adoramos a sus santos. Una de dos, o me declaro descendiente directo de Moctezuma, o le rezo a la Virgen de Guadalupe.

Y, digámoslo de una vez, no hay ningún indio que viva en un penthouse de Polanco. Los verdaderos herederos de la sangre azteca piden en los semáforos, no están escolarizados y no creo que tengan ni credencial de elector. Antes eran ajusticiados sobre la piedra de los sacrificios por los sacerdotes que custodiaban el templo mayor; hoy los dejan morir debajo de un puente por la negligencia del sumo pontífice que habita en Los Pinos.

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