Damn Happiness is a bottle of Mezcal
oct 13
2009

En trece días del mes de octubre del año dos mil y nueve.
El otro día recibí un correo intempestivo a altas horas de la madrugada (o fue que lo leía esa hora?)… en fin, que era de noche, que yo no nunca se me olvido, en el que se me convidaba, junto a otros muchos amig@s a escribir algunas palabras sobre el mezcal o, lo que es lo mismo, sobre el Pierde Almas. Los que me conocen saben que no me cuesta demasiado dar la razón. En todo caso se tarda tantito en convencerme. Pero cuando las evidencias saltan a la vista y al corazón y te agarran sin pretensiones de soltarte por, mediante y a través de todos y cada uno de tus sentidos —incluyendo el sexto— y te permiten viajar al séptimo cielo o al quinto infierno, empiezo a darme por amorosamente vencido.
A quien me dio a conocer por primera vez el Pierde Almas mientras yo le porfiaba que no podía ser, que tampoco sería para tanto, que… nunca podré agradecérselo. De hecho nunca he podido decirle todo lo que quiero ni de la manera que quiero, excepto de esta estúpida, absurda, solitaria e inevitable manera que tengo de decir las cosas: escribiendo.
No voy a perderme contando la vida y milagros del mezcal (bueno, que yo esté aquí sería uno de esos acontecimientos inexplicables que llaman milagro) porque no soy quién y además no sé casi nada sobre el asunto y cuando me lo cuentan suelo estar ya en pleno éxtasis y me vale madre, aunque no tanto.
Y claro que no hay casualidades. Ni el que yo esté aquí ni el que tú estés ahí, pero dónde, cómo. No sé a quién le puede extrañar que esté ahora mismo escribiendo esto con nuestro caballito de barro negro de Oaxaca saboreando un Pierde Almas que hace de catalizador de recuerdos, que me lleva al norte y más al sur del sur, a tu ombligo, a tus pies, al sabor de la sal en tu cuello con un toque picos de sal chilada con todo y gusano.
Como tampoco es casual que ayer, dizque día de la hispanidad, comenzara a leer la Historia Verdadera de la Conquista de la Nueva España, más realista que la contada por los coronistas oficiales por mejor retórica que en ello pusieran. Ni que el gobierno de la maravillosa ciudad usara las mismas argucias que el tal Hernando, cuando asaltó la compañía eléctrica de la nación mientras el pueblo celebraba la victoria de su selección, ahíta de pan y circo. Sufriremos cortes de luz como ya padecemos cortes periódicos de agua en la provisional Tenochtitlán construida sobre las aguas como el reino de Alá, en esta Nueva España con vicios antiguos.
Tal vez, antes que los mexicas y los aztecas y todas los demás pueblos diezmados por ellos y vendidos al peor postor, los mayas supieran una vez más lo que hacían al dejar en el subconsciente colectivo y mitológico de sus herederos la llegada de los hombres blancos y con barba. Tal vez la profecía más desconocida hasta hoy de los hombres de maíz auguraba el choque de dos culturas con el único fin de fermentar el agave y pasar del pulque al mezcal.
Que hoy estemos aquí y seamos lo que somos debiera ser un motivo para dar gracias, pero no a España ni a México. De las mezclas surgen nuevos sabores y del mestizaje la riqueza de la lengua, la mujeres más lindas del mundo, aunque no hayan nacido aquí, y brebajes que saben a tierra, a pasado, neta la neta.
Dónde los dejaré agora, hasta otro día. O volviendo al principio para terminar, lo por mí aquí dicho sobre ese mail hizo que me preguntara cuántas veces nombraba el mezcal en la Ínsula Negra, con este resultado, y lo que sobrello pasó diré adelante.
«Se dejaría caer por El Sótano para encontrar algo de Onetti y darle la razón como siempre, y tal vez —sólo tal vez— no se tomaría el primer mezcal hasta que la noche le diera excusas suficientes.»
«Después de leer Under Vulcano me interesé por el mezcal y casi de inmediato me enamoré de México.»
«Ahora estoy sentado en él, escribiéndote la enésima carta, deseando que tu fantasma venga a visitarme entre Mezcal y Martini, entre Coyoacán y Vegueta, a medio camino de Tepito, la sentencia prevista, y el Salto del Negro, la cumplida.»
«El timbre de la puerta lo sorprende tomando mezcal como en y por los viejos tiempos, con un mapa de Coyoacán extendido sobre la mesa y el recuerdo un tianguis de antigüedades atendido por un gallego loco, aristócrata venido a menos metamorfoseado en bohemio, y una foto lejana, borrosa e hiriente junto al kiosco de la plaza, con el ayuntamiento al fondo y un tipo comprando, en primer plano, un cidí auténticamente pirata de Silvio.»
«De Las Palmas a Madrid tendría tiempo de tomar unos cuantos tragos, y cuando llegara a su destino final ya habría tomado lo suficiente como para curarse dos crudas y el corazón, y tomarse un mezcal nada más aterrizar en el Benito Juárez.»
«Por algo estoy en el D.F. y no por nada este brebaje es mezcal.»
«— Ándele; aquí estamos valiendo madres y Don Mezcal no espera por nadie. Ese torito lleva seis años extrañándome.»
«Se sentaron en Los Danzantes, en la Plaza Jardín Centenario. Fondue de Huitlacoche. Orden de tacos de Gusanos de Maguey. Sopa fría de chile poblano. Pollo a los dos moles de Oaxaca. Arrachera marinada con finas hierbas y chiles toreados. Y mezcal, mucho mezcal. Joven, Tobalá, Reposado, Añejo. O le paraban ya o terminarían cantando Oaxaca.»
«Lo mismo con las coincidencias. Quién te iba a decir que en Toluca, de camino hacia cualquier organismo oficial, alguna cola, otra mordida, pararíamos en un changarro de los tantos y tan apetecibles que hay por las curvas de la carretera a comer conejo o cordero — ¿puedo elegir?— y toparte de lleno con una jukebox, y elegirías Nuestro Juramento de botana para con el mezcal y bailaríamos como la primera o la última vez, como siempre o como nunca, como los novios inaugurando la celebración pública o su (¡dámela, papi!) hooneymoon particular e irrepetible.»
«Machín acabó la frase tomándose el mezcal de hidalgo mientras se llevaba la otra mano al mal bulto disimulado de la funda sobaquera.»
«Persiguiéndose como esas ardillas que, ahora, cinco años después, jugaban bajando y subiendo por uno de los árboles de la Plaza Centenario. Machín con su privilegiada vista desde la terraza de Los Danzantes creyó comprender la irónica metáfora del nombre del mezcal que tomaba derecho: Pierde Almas.»
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En Ínsula Negra
With a little help for my friends
nov 24
2008
Al pensar esto, se sintió indefinidamente
triste, como en una de esas largas tardes de
domingo de otoño en que llovizna mientras el
teléfono permanece indefectiblemente mudo.
Sólo los muertos. Alexis Ravelo
Demasiado tarde, se dijo Machín mientras le guiñaba un ojo a la hojilla de afeitar. Tendría que estar muerto o borracho, pero la maldita buena suerte sólo se apiadaba de él para tomarla con alguno de los pocos seres queridos que le iban quedando [...]
Por fin sonó el teléfono en aquella triste tarde de domingo, en ese otoño tan raro que había llegado a la ciudad como cogiéndola por sorpresa sumiendo al paisanaje en una melancolía inusual del carácter isleño. No era la llamada que esperaba, pero…
—Bueno…
—¿Machín? Sé que no es un buen momento para usted, pero un amigo en común me dio su teléfono porque pensó que cierta información le podría venir bien.
—Amigos van quedando cada vez menos— sentenció Machín mientras intentaba recordar de qué le sonaba aquella voz—. Aún así pienso romperle la madre por haberle dado mi teléfono.
—Sí, es lo que tienen los amigos: unos se van muriendo y otros siguen jodiendo [...]
—Por lo que veo, o por lo que oigo, a usted tampoco le parece muy sano hablar sin una cara delante. Si le parece podríamos quedar… ¿Conoce la cafetería del Hotel Madrid?— preguntó Monroy como si no conociera la respuesta[...]
Extracto de Ínsula Negra
© Carlos de la Fé
Tags: Libros, literatura
El Grito
sep 27
2008
-¿Cuánto?
Machín supo desde la primera vez que aquel tipo se dejó caer por su vida que nunca se cansaría de encontrar motivos para detestarlo. Esa sonrisa enseñando dientes profidenticamente blancos, comprados con un dinero notoriamente negro, era otro motivo, otra rosa pintada de azul.
De cuando tuvo que vivir en el D. F. le quedó el regusto amargo de la corrupción como un mal congénito, casi inoculado por la misma matrona. Con la primera nalgada te despierta a la vida y con la otra mano extendida, sin disimulo y sin vergüenza, ni propia ni ajena, te exige la primera mordida.
En todos los países existe el chantaje (¿acaso no es contidio sine quanon para crear una nación?) y a todos los niveles. El soborno es casi un requisito más para acceder a determinadas jerarquías oficiales o concursos públicos; pero en ese maldito y adorado país -en el de su amor más profundo y su odio más cruel-, el único que alguna vez quiso considerar como algo parecido a una patria, el chantaje llegaba hasta el corazón, y eso nadie lo sabía mejor que él.
De Ínsula Negra
Insula Negra – Capítulo 20
sep 24
2008
20
Sólo juró una vez en su vida y cumplió. Y cuando se jura es por Dios o por amor. Nomás habían pasado seis años pero sabía que la vida puede ser eterna en cinco minutos igual que se pierde o se gana en veinte años, que no son nada; nada más que recuerdos y ataques traicioneros de melancolía. Los flashback cobardes de la memoria emboscados con estrategia de guerrilla, de aquí te cojo aquí te mato, provocando masacres mnemotécnicas y muertes chiquitas verdaderas. Quién te iba a decir que en Toluca…
Los recuerdos -aparte de ser el concreto que, de a cachitos, emulsiona eso que llamamos vida- son como las putas nada profesionales que osan saludarte el domingo en el parque, cuando vas tomado del brazo de tu señora esposa.
Lo mismo con las coincidencias. Quién te iba a decir que en Toluca, de camino hacia cualquier organismo oficial, alguna cola, otra mordida, pararíamos en un bochinche de los tantos y tan apetecibles que hay por las curvas de la carretera a comer conejo o cordero – ¿puedo elegir?- y toparte de lleno con una jukebox, y elegirías Nuestro Juramento de botana para con el mezcal y bailaríamos como la primera o la última vez, como siempre o como nunca, como los novios inaugurando la celebración pública o su (¡dámela, papi!) hooneymoon particular e irrepetible.
De Ínsula Negra
Tags: Libros
Meet Machín?
jul 4
2008
Su despacho (esa habitación atestada de libros conviviendo en un aparente caos que hubiera sido motivo más que justificado para propiciar el infarto de un bibliotecario cincuentón con una pequeña barriga y un exceso de formalismo y cursos de formación profesional) en el que vivían en perfecta y armónica simbiosis botellas semillenas y semivacías, cajas de cigarros estrujadas, ceniceros usados y cientos de libros escrupulosamente desordenados, tan sólo tres cuadros rompían la armoniosa blancura de las paredes: Las señoritas de Avignon frente al que se masturbaba compulsiva y tristemente. La Despedida, bajo el que lloraba «funesmente» después de limpiarse el semen de la conciencia, y por último, El Grito, gracias al cual, después de seguir paso por paso su ritual diario, se empecinaba en seguir escribiendo aquellos textos que nadie aún había conseguido clasificar dentro de ningún género literario conocido, y que se empeñaba en llamar simplemente cartas.
Nunca te escribí nada (a poco no?) cuando anduvimos juntos. La vida allí fue cualquier cosa menos fácil. Te lo dije cienes y cienes de veces, pero tú parecías tener un miedo ancestral a enfrentarte con la realidad, y no digamos con el pasado.
Por eso siempre hubo un tercero en discordia, el fantasma que nos taladraba la dulce cotidianeidad mientras nosotros intentábamos vivir la vida sin pre, sin contra, sin nada más que el por, venir.
Recuerdas, sin ir más lejos ni tan cerca, nuestro sofá? Al llegar aquí fue lo primero que compré, antes que una cama o una puta televisión; ni siquiera pensé en la tina con patas. En el sofá de nuestra imaginación le dimos forma a nuestros sueños, nacieron nuestros hijos muertos, vivimos nuestras horas sin testigos. Nunca le pusimos un tapizado especial, nunca un color en concreto. Podíamos gozar en blanco y negro, tal y como ahora se me plantea esto que tú te empeñarías en llamar vida.
Ahora estoy sentado en él, escribiéndote la enésima carta, deseando que tu fantasma venga a visitarme entre mezcal y martini, entre Coyoacán y Vegueta, a medio camino de Tepito, la sentencia prevista, y el Salto del Negro, la cumplida.
-Machín, despierta…- Abrió los ojos empapados de recuerdos y se le trepó la figura de su soul mate acribillada a balazos sobre el puto sofá del depa en Tlalpan, el último al que hubieron de huir, la copia exacta de su estudio.
-Romi, si tuvieras polla te diría que te la jalaras y te la arrancaras, maldito puñal.
-No me pongas cachubi, papi, ¿Quieres un guagüi?
Tags: Blogrelato, Libros











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