Ángel del demonio
sep 4
2010
Y una ciudad, como el Defe, como Las Palmas,
no deja de ser una isla dentro de otra isla,
un cachito de tierra rodeada por fronteras imaginarias
llena de almas buscándose sin llegar a encontrarse del todo,
ni a sí mismas ni mutuamente.
Ínsula Negra
Es mucho más fácil vivir en esta ciudad cuando el infierno siempre fue para ti una calle más de tu colonia, si la mala suerte era íntima amiga de tu sombra o si tu corazón se hizo bolas después de que a la primera morra de tu vida le diera por empezar con las comparaciones.
Si a última hora en el último bar de cualquier sitio en el que has estado el diablo era quien te invitaba a la penúltima y nos vamos, y de hecho te ibas con él y su casa desprendía un tufo a familiar que te hacía subir las piernas sobre la mesa y violar su refri en busca de una chela; si, con un poco más de suerte (ya no sabes si buena) era una diablesa la que te convidaba a un sueño rápido con un olvido instantáneo al amanecer, la única diferencia era que los pies de ella recorrían tu imaginario y saciaban tus obsesiones, a lo sumo volverías al cubículo que te empeñabas en llamar hogar con el hígado no tan maltratado y la nariz menos constipada. Seguir leyendo …
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En A(r)mando el DeFé
Asanas del Alma
ago 3
2009
Tengo que escribir, y no es una imposición de ningún tipo porque tengo, vamos a ver, tengo, lo que tenía que tener, ni menos ni más, o sólo más, sólo esa ternura de la que alguna vez escribí, otras creí sentir.
Tengo, y esto implica un grado de vanidad y orgullo desconocidos o, a lo sumo, para ser exactos, no definidos frente a un espejo con el diccionario cotidiano de la etimología de las palabras que no me salen.
Como ves sigo tomando todos y cada uno de los atajos que se me ofrecen por la ruta marcada. Estas bifurcaciones me permiten (lo sé, siempre lo he sabido) acercarme a mi destino aún cuando no haya determinado cuál es exactamente. Pero lo voy descubriendo a medida que me acerco, según me voy alejando.
El otro día intenté definir la paz, y reconozco que fue por culpa de un beso, de un amanecer o de esta Luna que engorda pausadamente, como podría crecer tu vientre pleno. Esta noche tal vez fuera por la mezcla de sabores, el sol que calentaba de a poco, la brisa que nos permitía caminar de la mano, la amistad sincera disfrazada de amor mientras te mesaba el cabello y yo me alegraba de saberme parte de ustedes. Esta alegría de compartir; esa lluvia que te empapa los pies, te moja de arriba abajo y, paradójicamente, te (nos) incita a hacer el amor salvaje y desesperadamente: acaso hay de otra manera?
Sí, ya sé que vampirizo cada segundo del día, pero también sabes que la noche me inocula su veneno y que tu mirada tiene mucho que ver en todo eso, que en cada palabra que no me sale, estás, igual que en cada coma, en cada sorbo, en cada lametón, mordida, beso o trocito de mazapan dulce, de salsa verde picosa, de bebida autóctona, muy… muy endémica.
Tampoco voy a hacer un mapa de mi devenir cotidiano, sobre todo porque palabras como esa, cotidianidad, costumbre o buenos días vuelven a tener plena conciencia de su raíz y, por lo tanto, se trocan, se transmutan y pasan del plúmbeo y peyorativo e insípido gris a un tono dermatológicamente erótico y dominical de café, de poderes púb(l)icos, de pactos lúdicos, de actos lúcios, de democracias privadas y dictaduras sociales.
Y pienso que todo esto tiene algún sentido, empiezo a creer que la fe y las iglesias, no es que me afecten, ni me conviertan, pero consiguen despertarme o hacerme comprender que el tipo ese que ya casi ni se rasura cada mañana frente a un espejo cualquiera soy tú, eres yo, y aún no he dicho ni la mitad de lo que (sé que puedo, sé que crees) quiero decir, ni ha sentido la milésima parte de lo que se puede sentir.
A falta de un diccionario etimológico de sensaciones me conformo con llamarlo vida. Mientras, sigo creyendo que las casualidades siguen siendo maravillosas, que los sueños se cumplen, por que sí, porque empiezo a desear que esta noche no se acabe nunca y, aún así, espero que pase pronto para ver renacer otro día más justo en el momento, en ese preciso instante en que tus ojos me miran, te huelo y te toco y sé, sin ninguna duda, que empieza a amanecer, aunque la delirante curva de tu cadera me impida ver la claridad y tus pezones me miren con cara de sueño.
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