Cantos de sirena

sirena

Dejemos clara una cosa: Penélope era puta. Ninguna mujer se pasa los días en una estación de tren, con su bolso de piel marrón —que mal gusto; seguro era polipiel— y meneando su abanico esperando que llegue el primer tren, el que sea, uno cualquiera.

Sus ojos parecen brillar si un tren silba a lo lejos. Llegan clientes. Uno tras otro los ve pasar. Este sí, este no, este me gusta me lo como yo. Mira sus caras, los oye hablar, para ella son muñecos, papitos, clientes.

Eso es lo que dicen en el pueblo, es lo que me contaron. Yo llegué, tal y como le había prometido, y la vi sentada en su banco de pino verde. Cierto, había pasado mucho tiempo, pero quien no conozca la vida del emigrante no tiene derecho a juzgar.

«Tú no eres quien yo espero». ¿Ustedes creen que eso es una contestación? Que si no era así tu cara ni tu piel. Pero ¿Tú te has visto? Eso sí, ahora tiene canciones en su honor y todo; y libros, dicen. Como que teníamos tiempo de ponernos a leer después de catorce horas en la factoría hasta que sonaban las sirenas. Tanto ahorrar para nada. Debí quedarme allá, en el país donde aquellas sirenas rubias y germánicas me rogaban cantado en su extraña lengua «no te vayas, Ulises: quédate».

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