Eu tenho fe en mim (mesmo)

Lili Rozenblit (en Eu tenho fe en mim (mesmo)

Lili Rozenblit

Por suerte para los demás tus impulsos no habían traspasado eso que llaman, eufemísticamente hablando, la delgada línea que separa el bien del mal. Esa era la parte buena: la mala, la inútil era que no te servía de nada.

De manera inconsciente habías estado viajando por todo el mundo para conocer los ritos más ancestrales de todas las civilizaciones perdidas o a en peligro de extinción. Creencias, leyendas, cuentos, mentiras disfrazadas de religión, religiones camufladas bajo copias de tradiciones sagradas.

Pintaste tus pies de henna en el Sáhara cual la novia bereber que es llevada en volandas sobre una bandeja de plata al sacrificio sagrado del matrimonio. Tu supuesto esposo besaría todas y cada una de las líneas que tatuaban las extremidades del placer.

Tus ojos negros, enormes, imprescindibles adquirían una profundidad de mirada que la raya farónicamente dibujada por sobre sus contornos acentuaba de forma coqueta y deliberada la tierna y dulce mirada de la gata a punto de convertirse en leona devoradora apenas probara una gota de sangre o un poco de semen. La sabana verde o desértica del África primigenia despertaba tus instintos básicos. El paréntesis ortográfico y físico dibujado por la sábana y la cobija era una excusa para devorar en soledad a la última presa.

El punto certeramente situado en el preciso lugar de tu frente prevenía a incautos sobre tu supuesta virginidad. Los baños al amanecer en el Ganges jamás podrían limpiar tus instintos, a lo sumo tu cuerpo o tu espíritu, cuando no dudabas de ambos. Sabías que él iba a besar ese lunar artificial hasta quedarse sin respiración. Y eso que aún no había descubierto el más lujurioso de todos, el que se encontraba justo entre tus pezones y que lo haría perder definitivamente la cordura.

Cuando las esperanzas huían a la misma velocidad que avanzaban tus instintos de hembra ansiosa y deliberada pensaste en buscar la contemplación de la naturaleza desde el refugio de un castillo. Escapaste a un monasterio de asesinos que creían en Dios y preconizaban el temple, cercano a la vieja Lisboa. Tu refugio transmutó como el vino en el misterio de la sangre de Cristo, y los monjes confundieron tu menstruación con el líquido divino, y tus nalgas con el pan, y por obra y gracias a la lingüística y la patafísica el sacrosanto lugar se convirtió en un onansterio. A cambio, descubriste que se puede estar enamorada de una vieja y puta y sucia y melancólica ciudad.

La rotación del planeta no era nada en comparación con tu cabeza y por arte de birlibirloque te viste en otra fortaleza de sabiduría más allá del sol naciente. Las geishas te parecieron meretrices novatas, los haikus vasectomías literarias y optaste por asumir costumbres gastronómicas comiéndote a los hombres crudos cual sushi.

Por suerte para ti, mis impulsos son algo que había asumido como naturales antes de tu primer descenso a los infiernos. El bien y el mal eran conceptos filosóficos que nada tenían que ver con mis ansias. Encontrarnos en aquel cementerio el día de muertos no fue una casualidad, como dijeron los periódicos, ni siquiera una fatal coincidencia, como aseguraron los más sensacionalistas.

Que nos encontraran ensartados, extasiados, plenos sobre una tumba en el panteón mientras aquellos pobres mortales agonizaban impúdica y miserablemente desangrados a nuestro alrededor no justifica ninguna de sus teorías psiquiátricas.

Arrancarnos la lengua a besos fue un juego que teníamos previsto. No tiene nada que ver con el hecho de no querer contarles la verdad.

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