En estos y otros días
jul 1
2010

Dicen que el uso lleva al abuso y sabes que pocas cosas detesto más que los adjetivos. Por suerte, cuando te tengo delante se me acaban todos y, a veces, hasta me invento alguno. Pero tengo justificaciones más que sobradas para hacerlo: tus pies, tus muslos, tus ojos, tú.
Y pocas (o ninguna) cosas amo más que amarte, sin ton ni son, a diestra y a siniestra, perfecta y perversamente, del derecho y del revés, sin prisa, sin (prosa) pausa pero detenida y minuciosamente. De la única forma que entiendo, de la única manera que nos merecemos y nos gusta.
Tú no hagas caso de nada ni de nadie, ni tan siquiera de mí. Déjame con mis manías, mis vicios, mis neuras. O sea, déjame a tu lado, o sobre o bajo o junto o dónde, cuándo y cómo sea, pero juntos.
La distancia no es más que una jugarreta del destino para ponernos a prueba, pero ya hemos superado muchas, demasiadas como para darnos por vencidos sin antes haber luchado, destrozados sobre nuestra cama y nuestras vidas.
Antes era todo tan sencillo. Se trataba de ir viviendo poco a poco dejándose morir, sin que los días (y mucho menos las noches) tuvieran más sentido que ir arrancando hojas del calendario mientras contábamos canas, años y se acumulaban las ganas, los daños.
Ahora, paradójicamente, el tiempo es como cuando éramos niños y parecía que nunca iba a llegar el dichoso día de tu cumpleaños y las horas eran eternas, los minutos asesinos y teníamos la certeza de que las manecillas del reloj habían formado una alianza en contra de nuestra felicidad.
En el breve infinito que dura un orgasmo, ese no sé qué que qué sé yo que no tiene ningún sentido si no te miro a los ojos y respiro tu sudor, en ese preciso, exacto, necesario y diario momento en el que el sexo se convierte en dios y en diosa, las calles que tus pies han caminado, los edificios que tu mirada ha bautizado, las lunas, días y noches, noches, noches nuestreándonos, cometiendo el sagrado pecado de hacernos, de sernos, sentirnos, justo, pero también antes y después y tanto y siempre nos da por recrear ese vida que los demás creen —y ojalá— estar viviendo.
Miro las cuatro paredes de esta recámara intento encontrar las respuestas. Miro al cielo con la pluma en los labios y la mirada ausente como de poeta o esquizofrénico alcoholizado, muy chic, muy cool, pero muerto de hambre pensando en tu abrazo, en tu espalda.
Decido que todo esto debe tener un fin o, más que sea, un principio. Y me prometo firmemente no volver a escribir nada parecido a esto pero ¿cómo le hago? ¿Se te ocurre alguna forma distinta para decirte que te amo?
Tags: Amor, Blogrelato








10 comentarios