Parole, parole, parole
jun 21
2010
Negaré haber escrito esto al menos tres veces antes de que cante el gallo, al menos tantito antes de que se acabe el reven y amanezca y pueda reconocer en tu mirada los ojos que anoche —y perdóname el lugar común— brillaban en la oscuridad.
¿Sabes? Esa parte creo que no te la conté, tal vez para que pensaras que aún hay algo más por descubrir, pero siempre quise dramatizar el capítulo número siete. En verdad no sé si eres consciente de mi mirada persiguiendo tus movimientos, tus gestos o tu voz. Tal vez exista alguna fotografía como prueba gráfica para justificar mis —esta vez vamos a llamarlas— necesidades o preferencias u obsesiones.
Sirvo dos copas de lo que sea para brindar no sé con quién ni para qué. Y, sin embargo, no estabas; no estabas en mis sueños de hace media vida, y esta nueva que comienza parece un final mal escrito. Revisas mis textos, corrijo mi edad, destrozo el espejo con el asco que me produce el tipo ese que me mira desde el otro lado mientras los signos de interrogación vuelan por la recámara que a veces llamo casa y se lanzan en picado y me muerden y no encuentro respuestas.
Pocas certezas y ninguna ayuda. Sé que la barba de tantos días y las canas de tantos años son un escudo frente a las ganas de morir, que olvidarme la navaja de afeitar es un síntoma de querer estar y compartir, aunque tal vez sea tan sólo un efecto secundario de la edad o la cobardía.
Tengo miedo, sabes. No sé por qué nos resulta tan difícil decir las cosas más simples. Detesto las palabras que no nos llevan a nada o atragantarme con verdades que parecen mentiras. Tendré que empezar, volver a usar los métodos de tortura tradicionales para despertar a este cuerpo vacío incapaz de crear vida del que nacen muertos. Veremos hasta donde aguanta un saco de huesos y un cacho de corazón y ojalá me lleven a tu sexo. Ojalá por lo menos mi cuerpo sea capaz de sentir dolor para expresar placer. Ojalá pueda hacerte el amor.
Evidentemente nunca leerás esto que escribo y yo jamás sabré por qué lo he escrito. Pero sí, yo también necesito, algunas veces, vomitar pero no palabras, hoy no, no esta noche, este día en el que siempre creía que estaría muerto y, carajo, lo estoy.
Tal vez la vida sea una tragicomedia que debe ser escrita a cuatro manos. Juguemos con los tiempos y las formas verbales, hagamos las acotaciones pertinentes. Ya sabes de mi preferencia por los cambios radicales de persona. Tú, yo, nosotros. Permíteme, pero sólo esta noche, este día, dar gracias por el pasado y a la persona que me trajo aquí, por el futuro y quien me espera y me recuerda y que está allá por mi culpa. Y pedir perdón por este presente de ausencias, por estas ganas de decirte que, aunque ni yo me lo crea en este momento, hay algo, hay ganas, algo más que esta estúpida y feliz tristeza.
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