Cuento para matar, aDiós
Mar 18
2010
Sí, hermano, yo también detesto a Murphy tanto o más que tú. La ausencia de electricidad —por no ser vulgar y echar mano de los recursos poéticos, para no decir que se fue la pinche luz— parece ser el momento exacto y preciso en el que a las musas les da por tocar a la puerta del subconsciente. Es lo que tiene ser un mito atávico, homérico, cuasi divino y legendario: te vale que la víctima o el afortunado receptor de tus influjos sea un escriba medieval o un nerd cibernético.
Pero basta de quejas que ya pasó el tiempo de los llantos y estoy hasta la madre de mamar. Todo esto venía a cuento de, precisamente, la persecución a la que me tienen sometido los lugares comunes, esos en los que tantas veces nos hemos perdido por un sinfín de jardines con senderos que se bifurcan. Sin embargo me viene a la mente y a la pluma, en este caso, frases como «en ese preciso instante», o, «de repente sin saber exactamente el por qué». Y es que no puede ser casualidad (ni causalidad, carajo!) que en este preciso instante y sin saber muy por qué, en este país caigan las cuatro gotas de siempre, las mismas cuatro que serían un remake del diluvio universal en nuestra isla, y por culpa de la huelga del sindicato de electricistas o porque al tipo que hacía guardia en la central se le dio su reverenda gana, justo, repito, justo, repito, justo, repito a mí me entre la musa por quién sabe dónde y decida terminar el cuento aquel que —¿recuerdas? Sólo faltaba que tú no te acordaras, o que ni siquiera estuvieras leyendo estas líneas o te las estuvieras echando— principié a la vez que tú empezabas otro, entre café, cigarrillos, vodka o colonia o cualquier líquido elemento, elemental, querido, que contuviera o contuviese más alcohol que el agua del chorro.
Ya sé que todos nos ven un poco así, que nos imaginan vestidos de negro, con lentes oscuros hasta de noche, la barba de unos cuantos días, y la embriaguez de unas cuantas madrugadas. Ya sé que también debemos trazar un plan para matar a Poe y a todos los cuervos del mundo y a las púberes que —¿habrá que cogérselas primero, no? Porque dicen que los inocentes se quedan en el purgatorio y es muy aburrido. Pobrecitas, mis niñas— en el mundo han sido y muerto tuberculosas (¿dije culosas?) pero enamoradas. Pero sabes lo difícil que se hace matar a un dios cualquiera; en seguida se ponen mitológicos los más, divinos los menos, omnímodos algunos; pues nímodo. Edgardo se merece un final como el de sus mejores cuentos, pero que conste que está advertido y a la próxima lo expulsamos del limbo. ¿Y si probamos a darle tan sólo un sustito? Ya sabes, un secuestro express. Lo agarramos desprevenido en medio de un never more y le pedimos que nos revele los secretos del relato contemporáneo o, al menos, que nos dé la dirección de su dealear o dónde dejó escondida la última dosis de opio.
Menos mal que no me ves (ni yo tampoco. Pinche luz que no vuelve. Vuelve a mí, te necesito, a-ay, ven. Desde que te fuiste estoy sediento —y a oscuras—, sediento de ti), pero imagínate que, de no ser por el opio (léase tequila) y la tuberculosis (léase cirrosis), estoy igualito que el mero Edgardo. Bueno, igualito igualito a lo mejor es una exageración, pero más guapo, qué cojones; y vivo, casi. Pero no vayas a creer que es envidia, aunque morir por culpa de una buena peda y estarte follando a tu prima veinte años menor que tú, no sé, yo casi que lo prefiero a un tumor cerebral. Además, ya sabes el estigma de alcohólico que le adjudica la leyenda, cuando sabemos que era alérgico a él y por eso una absenta lo volvía tantito más loco de lo que ya pudiera estar.
En fin, que ni es lo mismo ni es igual porque Poe nunca estuvo escribiendo en su laptop intuyendo las teclas del keyboard con un tequila en la mano —lugar común y habitual y recomendable para tomar un tequila, excepto sobre bajo con sin tras algunas espaldas— y temiendo que la veladora se fuera a volcar de un momento a otro —¿ves? putos lugares, putas cámaras, putos comunes, putos lores— sobre el teclado y entonces ya.
Entonces, justo ahora, en este preciso momento es que invoco a los espíritus de las bebidas espirituosas, a los espectros que se intuyen en las figuras que dibuja la pipa de opio, a las ánimas que se dejan escurrir por la copa de absenta, a las musas soñadas y por imaginar, folladas y por follar que, por favor, me iluminen, me muestren el camino exacto hasta donde se encuentra el hijo de la gran chingada que tiene que subir una puta palanca para que llegue la luz y pueda publicar este maldito texto en el blog.
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