Desconozco mayormente

Puente de los Suspiro. Barranco, Lima

Negrita ven, préndeme la vela,
pa quemar esa vela,
pa quemar el alcatraz
El alcatraz

A Rox por ser quien es fue, quien es y quien a veces no es y aparece.
A Jose Luis por hacer que la realidad parezca un cuento.
A Sebas por ser tan bacán.


Hay algunas personas que cuando conocemos un poco más de cerca lo mejor es no darles nunca la espalda. Lo mismo pasa con ciertas ciudades. Cualquiera que tenga o haya tenido tranvía posee un encanto especial que la envuelve como una niebla que no se diluye con el tiempo. Y si además tiene mar se hace especialmente irresistible. Por eso una ciudad que perdió su tranvía y que vive de espaldas al mar está condenada a los infiernos del olvido más merecido, ese lugar donde los amantes ardidos mandan los primeros besos y los últimos orgasmos.

Lima es como una mujer que no se deja conocer por pudor, por culpa o gracias a una educación entre putas disfrazadas de monjas en barrios hoy día decadentes que fueron perdiendo el encalado de sus muros, la mísera herencia que pudo rescatar de la oligarquía del virreinato. Vive de espaldas a un mar que lleva la hipocresía en su nombre y convierte hasta la caricia más púdica en una exaltación húmeda de la lubricidad.

El guachimán que estaba esa noche se había levantado medio chino por culpa de la huasca, pero no le quitaba el ojo al grupo de choros que acababan de estacionar su cañazo frente a la jato de su jefecito santo. Chambear en la calle más pituca del barrio de Barranco era un honor que lo obligaba a sudar más que a chibolo estrenando tabas en un kino.

Había que tener mucha caña para manejar desde los barracones del Llauca después de que te negaran el trago en el Juanito. Yerson Mamani, alias Supay estaba completamente enchuchado de Lady Rodríguez y esa noche habían tenido una wena bronca en el tono de su pata en un local de los de aserrín en el piso. Tons fue cuando le pasaron el dato y, como necesitaba guita, no se la pensó dos veces.

Mientras se terminaba de emparejar a la ñata iba repasando mentalmente las notas de seguimiento. Llevaba ya una semana haciéndole de sombra desde el Jorge Chávez hasta esa noche en que se celebraba la cena más ficha y esperada en Lima. Silencio, un respeto: Dios había llegado a la ciudad.

En lo que terminaban de llegar los invitados podía disfrutar del rabanal de  la jerma  que le mamaba la pichulita cuellar. Justo antes de gritar —pero bajito— omaigod! justito antes de venirse vio a aquel viejito con guayabera blanca pero sucia que llegó sin guardaespaldas, como si tuviera cien años y que meneaba el culantro como si tuviera cola de puerco.

Pensaba, poco pero pensaba; a su modo, pero lo hacía, que ni el mismísimo dios podía correrse como él en ese momento. Ese dios que todos adoraban con dientes de conejo debía de ser, seguramente, una representación de algún ídolo inca de esos que nunca pudo retener en su memoria, cuando su familia venida a menos lo metió en aquel colegio militar en el que pretendían que se convirtiera en un cachorro más, un dios cualquiera y tuvieron que mudarse de Miraflores a La Victoria.

Es muy tarde pa echarse atrás. Pa dentro, mi’jito. Pa lante, mi Yerson. Mientras en el salón dios disertaba sobre cosas que no entendía ni su puta madre, Yerson intentaba chupar harta ubicaína en aquella masión para llegar al run donde escondían las copas bacanes y demás baratijas herencia rancia de la familia cual plata del Potosí y que pensaba vender por treinta lucas en la cachina.

Si en el principio fue el verbo esa noche el convidado de honor era la verborrea fácil. «Un tema de por sí no es nunca bueno  ni malo en literatura. Todos los temas pueden ser ambas cosas, y ello no depende del tema en sí, sino de aquello en que un tema se convierte cuando se materializa en una novela a través de su forma, es decir de una escritura y una estructura narrativas. Es la forma en que se encarna la que hace que una historia sea original o trivial, profunda o superficial, compleja o simple, la que da densidad, ambigüedad, verosimilitud a los personajes o los vuelve unas criaturas sin vida, unos muñecos de titiriteros. Ésa es otra de las pocas reglas en el dominio de la literatura que, me parece, no admite excepciones: en una novela los temas en sí mismos nada presuponen, pues serán buenos o malos, atractivos o aburridos, exclusivamente en función de lo que haga con ellos el novelista al convertirlos en una realidad de palabras organizadas según cierto orden». Yerson casi se duerme mientras escuchaba la perorata y a puntito estuvo de entrar en el Gran Comedor y pedir permiso para vomitar. A veces no daban ganas ni de robar.

Subió la escalera que conducía a (¿Pater nostri qui est in coelis?) la famosa biblioteca personal del anfitrión. Todas aquellas medallitas y diplomas tal vez valieran algo pero el arsenal de libros que empapelaba la recámara se venderían buenazo en la Quilca. El chibolo que le hacía de causa no había visto ni vería tanto papel en su vida: el Yerson, a pesar de todo, sí.

—¡Dale, cholo que la llama puede subir! Y agarra la máquina de escribir.

—No —le espetó Yerson— La máquina no.

Mientras su compinche salía lo vio meter un papel en el rodillo y teclear en la antigua Traveller De Luxe. «Quién entiende a Los Jefes», se dijo. Cuando salían de la casa el discurso iba como por la mitad y entre los invitados unos babeaban por ignorantes y los más por hambre. Pero la cena tampoco podía durar mucho porque el maestro tenía que cumplir con su estricto y programado horario de trabajo.

Su cara en la mañana, frente a la biblioteca desvalijada, era un poema que envidiaría con sólo imaginarlo, el texto que él jamás podría escribir ni en sus mejores pesadillas ni en sus peores sueños. Sólo quedaban, perdidos en un rincón de la librería, un centenar de libros, los suyos. Hasta habían usado uno para calzar el escritorio que siempre cojeaba, en el que descubrió la máquina de escribir y la nota.

«En literatura no hay temas buenos ni malos, hay solamente un buen o mal tratamiento del tema»

Julio Cortázar.

«Disculpe que sólo nos lleváramos las obras de arte».

Los ladrones ilustrados.

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