Peor para el Sol

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Para Gloria, por todo esto y más.

Puedo mentir. He estado practicando. Tanto que ya casi ni se me nota cuando digo la verdad. Incluso no me pareció mal tu idea de meter un perro en la casa. Acepto incluso que duerma dentro de su cestita, a los pies de la cama. Por eso no te explicas por qué aparece siempre por la mañana en la terraza, muerto de frío, arañando el cristal. Le echas la culpa a tu sonambulismo y yo asiento con la cabeza mientras me tomo mi café (a quién se le ocurre) y hierve el agua para el té de tu desayuno.

Tampoco me importó que compraras aquel canario. Lo vi y se me recordó a ti, me dijiste, sus plumas de dos colores hacían el mismo contraste que las canas en tu pelo negro. Y llegaste a creer que me gustaba porque no le quitaba ojo de encima y me decías que hasta movía las orejas como persiguiendo su canto por toda la casa. Tú le ponías una cobijita desde que se iba el sol para que no le molestara la claridad de la televisión, pero cada mañana aparecía destapado y pegado a un extremo de la jaula, mudo, aterido de frío y cualquiera diría que como con miedo.

Por eso tampoco dije nada cuando decidiste tener al niño. Sabía que tarde o temprano iba a tener que llegar. Fue por esa época que empezaste a sospechar algo. Durante los primeros meses tenías que levantarte varias veces en la madrugada para darle el pecho y entonces comprendiste que mi mirada había cambiado, que no contemplaba esa tierna imagen de una manera normal, digamos sana. Parecía estar más pendiente de la boca que se alimentaba de ti que de tu pezón, evidentemente sabroso para cualquier mortal.

Hasta que una mañana no pudiste resistirlo más. El niño había amanecido otra vez completamente desnudo, y con frío también. El perro desapareció tan de repente como había llegado, aunque las huellas que se dirigían al muro que da a la calle era un rastro evidente. Del canario sólo quedó, irónicamente, una pluma blanca y otra negra.

Ya no le echas la culpa a tu sonambulismo, ahora me miras de esa forma que detesto y me culpas a mí. Y yo asiento con el rabo mientras me tomo mi leche (como debe ser) y hierve el agua para el té de tu desayuno y ronroneo como sé que te gusta.

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