Investigaciones Salvajes en Insula Negra

Por si alguien llega de nuevas (o como viejas tradiciones) a este blog y se pregunta que siginifica L.I.S., tal vez pueda servirle el enlace a la entrada dónde se empezó este Juego de Letras la primera de  Las Investigaciones Salvajes. Para un desmemoriado como yo, en un principio iba a resultar demasiado difícl, pero, como pudimos comprobar, el primer misterio fue resuelto sobre la marcha.

Es cierto que el objetivo de este entretenimiento no es otro que el de estimular a la lectura, y es posible que se esté cumpliendo. Por mi parte, ya he descubierto autores que desconocía por completo, o casi.

Por otra parte, también nos da una perspectiva real de la capacidad (a veces da hasta miedo) que tiene internet y su buscador más conocido para conseguir resupestas.

Como se habrán dado cuenta, al final del texto a descubrir, hay un buscador específico para conseguir las respuestas. Si buscan directamente en él, se les abrirá otra página, lo que facilita las pesquisas mientras nuestra neurona (y perdonen que pluralice) sigue intentado recordar.

¡No se olviden de sus sugerencias! En la barra lateral, dentro del bloque Páginas hay un enlace llamado Envíar Textos (L.I.S.) específicamente diseñado a tal fin, para que sus aportaciones no aparezca publicadas y darle un poquito más de misterio al juego.

Si no recuerdo mal esta debe de ser la décima entrada de este “juego”… con razón dicen que el ocio es la madre de todos los vicios. Ya sabía yo que algún día podría echarle la culpa de todo a mi complejo de Edipo.

el poema

es la única huella

que deja el homicida

en el lugar de los hechos

(la hoja en blanco

es un crimen perfecto)

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¡Ánimo, Detectives!  Vigilen de cerca a estas perras negras que se cuelan por entre las rendijas del corazón.

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Marzischewski

Es mentira, la verdad. Todas estas costumbres no son más que vanas excusas, premeditadas, alevosas, estúpidas manías con las que ir sumando o restando días a esta cosa que suelo llamar vida mientras llegas.

Por eso me hartan las personas, esas entelequias con aspecto normal que pululan a nuestro alrededor y te cuentan, y te hablan, y te lloran y te. Pero lo que no puedo soportar, los más peores son esos que te preguntan como si tuvieras alguna respuesta. Y claro que siempre se me ocurre alguna frase ingeniosa, de esas que no resuelven nada pero que tienen apariencia de aforismo, de sabia sabiduría sabelotodo. Entiendo que la posible virtud radique en decir las cosas como son o como las veo. En seguir empeñándome en llamar a las cosas —y sobre todo a las personas y sus actos y sus consecuencias— por su nombre.

Todo es mentira, la verdad, todo menos la necesidad compartida, los tragos de última hora en el último bar de la última ciudad en la que quisiéramos estar pero estamos.

Todo, todito todo menos aquellas noches y estos días insípidos, inodoros e incoloros; estos días sin matices, estas noches sin perfume, esta vida sin saberte, sápida.

Compartiría gustosamente mi Gillette de segunda mano con cada quien y que cada cual se arme sus motivos. Nadie necesita explicaciones más allá de sus propias mentiras. Nadie es tan tonto o tan hijo de puta como parece o como se empeña en demostrar a los demás.

No me pidas razones para vivir, no me exijas pretextos para morir. Aquí me tienes, allí estuvimos y no hay más, apenas nada más que todos los momentos compartidos; justo esos instantes que no podremos borrar por más experimentos científicamente comprobados que nos justifiquen cual ecuaciones.

No existe logaritmo que explique esto que siento porque no uso métodos para amarte.

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Mi amor no ha sido tan tremendo,
ni tan alto, ni tan bello, ni tan triste, ni tan sabio
ni tan solo, ni tan loco, ni tan todo, ni tan nada,
pero canta…
Mujer sin sombrero. Silvio

Quisiera ser capaz de escribir, digamos un poema en el que cada estrofa respetase las estructuras exactas de la osamenta que te mantiene; donde cada verso contuviese la misma cantidad de sílabas que pecas, grietas y arrugas colonizadas en nombre de nadie cuando exploro tu piel; en el que cada palabra fuese justa, imprescindible o necesaria, como los pasos de tus pies que, de cuando vez, se dirigen hacia lugares en los que no hemos quedado para coincidir.

El simple hecho de intentar expresarme con estos antiguos métodos de cobarde no es más que una forma de mostrar mis debilidades. Sabemos disfrazar nuestros defectos bajo una profunda capa de maquillaje que disimule las ojeras de la vida con sonetos, cuentos, novelas: linda unión de adjetivos inútiles sobre sustantivos vacíos.

La tristeza de reconocerme incapaz de besar se refleja en cada texto. La imposibilidad de llegar más allá de un curiosa metáfora cuando, tal vez, sería todo tan fácil como descolgar un teléfono (a quién se le ocurrió ahorcarlo), tocar a una puerta, tomar un avión u otro tequila más.

Sueños alternativos, libros recién publicados en ediciones de lujo para esconder niños con ancestrales miedos, a la oscuridad, a la soledad, al amor. Presentaciones en academias rodeados de mentes preclaras que vomitan vocablos perfectamente articulados, estructurados, inútiles. Reuniones de fantasmas licenciados —incluso doctorados— en mentiras que comparten el vino blanco y los canapés pero se niegan el pan y la sal de la vida.

Vivir otras vidas te permite jugar con realidades ajenas que sólo te afectan en sueños. Te imaginas a salvo mientras haces uso de la excusa que te dan los otros espectros que ni siquiera se sienten capaces de crear sus propias fantasías y dedican parte de sus noches a dejarse llevar por mentiras inventadas por entes con nombres sonoros. Masas encefálicas mezcladas con sangre, letras, días perdidos buscando explicaciones en páginas violentamente violadas por muertos vivientes, fecundadas con semen yermo.

Tal vez te encuentre en la próxima combinación de grafías, en una imagen evocadora, en alguna prosopopeya que resucite la carne, que inocule savia nueva en esta sangre avejentada que necesita mestizarse para crear otra especie cuando menos distinta.

Tú y yo conocemos el método, el mecanismo y nos sobran los motivos, así que éste es un momento tan bueno como cualquier otro para el punto y final, aunque también sabemos que lo mejor será el epílogo o la postdata.

Mientras tanto aprovecho el índice para encontrar tu rastro y señalarte la punta de la nariz. Ahora  puedes mirarme. Ahora puedo  por fin.

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ninos besandose

Dejemos clara una cosa: Penélope era distinta. Le faltaba algo, o tal vez no. ¿Volverá a por ti antes que de los sauces caigan las hojas? ¿Un sauce? ¿Alguien sabe lo que es un sauce, aparte de un árbol llorón?

Pobre infeliz. Fuiste a nacer en una fría sala de hospital y tenías el cuerpo resbaloso como un pez. Él nació de pie y su padre pensó que aquello era un castigo del Señor. Benditos y malditos a la vez, al verlos pasear juntos de la mano por el jardín, decidieron sacarlos de aquel lugar que habían buscado para olvidarse de ustedes.

Ahí la podemos ver aún, sentada en un banco en el andén con su vestido de domingo y meneando el abanico como les veía hacer a las putas que se paraban en la esquina frente al internado.

Y sí, es verdad lo que cuentan en el pueblo: el caminante volvió, aunque lo cierto es que necesitaba más ayuda que antes para caminar. El electroshock había reducido a nada sus pobres conexiones cerebrales.

Sin embargo, aún hoy, es casi imposible dejar de pensar que no puede haber nadie en este mundo tan feliz cuando, por fin, de vuelta a su verdadero hogar entres aquellas paredes blancas, los sientan juntos a comer y se besan entre babas y les corren mil hormigas por los pies.

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gato negro


Dejemos una cosa clara: Penélope era impúber. El tipo que se fue en el tren seguramente fue un pedófilo amigo de la familia de quién Pene —como le gustaba susurrarle en el oído— no tuvo más remedio que enamorarse.

A pesar de que eran otros tiempos, cuando su padres se enteraron de que aquellas tardes en que le daba clases de piano a su Pene se las pasaba leyéndole en alta voz las aventuras de Alicia en el País de las Maravillas y las desventuras de Peter Pan, empezaron a investigar y supieron que ni siquiera había acabado la carreta de solfeo.

Por eso el tipo no se fue en el primer tren que apareció en la estación: se fue justo en el que lleva a la prisión provincial. Pero eso Pene nunca lo supo. Ella se creyó todo eso de amor mío  no me llores, volveré antes que y chalalá.

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