La maza

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Un testaferro del traidor de los aplausos,
un servidor de pasado en copa nueva,
un eternizador de dioses del ocaso,
júbilo hervido con trapo y lentejuela.

Te quiero. He ahí, oh dioses, mi mejor frase. Algún día —te lo prometo— la superaré. Para eso estudio; para y por eso amo, vivo y creo en la locura cada día.

He llegado a aceptar que no me hace falta mirarte, tocarte, morderte ni la boca ni los labios para saber que estás aquí. O más irracional aún, si cabe, para sentir que siempre has estado y que este tú, este pronombre personal y singular de segunda persona tiene voz y voto en mi vida.

Tocarte para qué. Acaso no te manoseé insistentemente en cada uno de mis sueños. Acaso no te sentiste vil e indecorosamente acariciada en cada nota de aquella canción que llorabas y cantabas cada noche.

No me hacen falta pesas para saber que mi balanza se equilibra gracias a tu locura, que mi soledad se siente acompañada, que mi delirio pende del hilo de esta realidad tan al alcance de la mano que da hasta rabia no poder tocarla.

La esperanza de tu existencia me dio motivos para llegar hasta aquí. Por eso ahora puedo maullarle a la luna sin miedo a que mi sonido se pierda en el eco del silencio de antaño.

Debería cuidarme, incluso quererme de tanto en tanto. Lo sé, tengo motivos más que sobrados pero, a qué tentarle a la vida. Ella ya no me persigue. La tengo acorralada contra las cuerdas. Me limpio la sangre que escupe mi boca sin ayuda, sin protectores, sin disimulos. Que me golpee de cerca, de lleno, que huya, que dé dos pasos atrás porque esta vez está perdida. Y que pierda por puntos ya no me vale. La decisión de los jueces debe ser unánime. No quiero premios ex aequo ni mayorías relativas. He estado en cada esquina, he sido lo suficientemente puta como para saber lo que duele cada golpe, obviar cada orgasmo fingido por dinero como para aceptar cualquier tipo de victoria.

Al menos sé que la culpa no será de la vida cuando la campana final resuene en mi memoria. La muerte no será una consecuencia, una venganza, ni siquiera un efecto secundario. Será un premio, el merecido descanso, la ducha de agua fría y revitalizadora que calmará y hará valer cada uno de los golpes recibidos.

A lo más sabré que cada beso, cada bala, cada tropiezo tuyo en la calle más imposible, cada gesto que me vuelve loco y me atrae serán la respuesta a todas esas preguntas que me hacía de niño. Incluso seré capaz de decirte algo más, ir un poco más lejos mientras me acerco a ti.

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