Noir

gato negro

Sería simpático si no fuera patético. Resultaría irónico si no fuera tan triste. En cualquier caso, simpático, patético, irónico o triste, lo cierto es que el panorama no iba a cambiar. Y, lo más importante de todo —se decía mirando premeditada y fijamente el espejo— que yo sepa no eres un escritor.

Lo simpático era reconocer imágenes que le evocaban películas en blanco y negra visonadas en pantallas de palmcolor. Eso lo llevaba de forma inevitable a la época en la que tenía familia, y vecinos, y amigos. Tenía hasta gato y una pecera que hacía las veces de pantalla de (cristal líquido?) plasma para el animal. La misma mirada que compartía con el felino cuando perseguían al plecostomus mientras limpiaba las miserias de sus congéneres besando apasionada, impúdica y lascivamente las paredes de su jaula transparente.

Lo patético era verse matar el tiempo y las pocas ganas de vivir mientras hacía pasar el humo del enésimo cigarrillo por debajo de la lámpara. Ver cómo el espíritu etéreo de la nicotina abrazaba la copa de mezcal y se iba directo al espejo para nublar por un instante esa maldita mirada que lo escrutaba.

Lo irónico era que por una vez el pasado dejaba de ser la excusa. El presente era esta noche en esta recámara en este motel en esta ciudad. Más que ironía fue sarcasmo lo único que sacó en claro de sus palabras, cuando ella aceptó que se vieran después de tanto tiempo en esa zona de la ciudad a la que uno sólo va para saldar una deuda maldita, coger con cualquiera o cauterizar heridas. O todo a la vez.

Lo triste era la falta de premeditación. Como cuando pidió un café  y no supo decidirse entre canderell o azúcar mascabado, o al comprar la rosa y no permitir que le quitaran las espinas. Lo simpático, lo irónico, lo patético y lo más triste fue que le importara tanto como nada que el arma que se había agenciado aquella misma mañana contara con una o dos balas.

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