Debo partirme en dos
sep 27
2009

¿No ven?, ya soy decente: me fue fácil.
Es muy triste que alguien pueda creer que dos más dos son cuatro; o que sea en lo único que crea. Cuando la ciencia pueda diseccionar mi cerebro no encontrarán ni eso, mi masa encefálica. Bueno, a lo mejor sólo fálica nomás.
Y ahora deberíamos cambiar de tema disimuladamente. Pero hablando de exo…
Un pero es casi un hubiera… Pero, me matan tus pasados, tus frases hechas, en las que sé que no crees ni tantito y las usas como armas de doble filo: te cortan y me cortan; o tal vez sólo sea otra de tus estrategias para llevarme hacia la vela prendida que tanto hemos buscado al fondo de la recámara, justo en esos —oportunos, necesarios— momentos en que a la gran puta disfrazada de modernidad le da por dejarnos a media luz.
El teatro nunca fue mi fuerte, quizá porque aún tiemblo cuando asisto a una función y me parece más mágico que el mismo cine ver a personas —humanas, dirían algunos— viviendo otras vidas que no son suyas. Esa mezcla tan perfecta entre fantasía y realidad me asusta. En el mero hecho de comprar la entrada ya asumimos que nos van a mentir, que usaran técnicas de prestidigitador para hacernos viajar a través del tiempo (el espacio queda suspendido, reducido a la butaca).
Sin embargo no veo nada de irreal en la actuación de un actor. Dicen que los buenos terminan por creerse su personaje hasta el extremo de confundirse inevitablemente con él. Tal vez sea la única forma de hacérselo sentir a los espectadores. De ahí su locura: sana, enfermiza, necesaria.
Todos tenemos etapas en las que nos sentimos personajes de una tragicomedia. Nos dedicamos a representar un papel en una trama que desconocemos, con un guión que nadie nos dio a leer. Una obra a la que los demás se empeñan en llamar nuestra vida, con compañeros de reparto que vienen y van. Pero ni siquiera nos da tiempo para pensar todo esto entre acto y acto. ¿Podrían presentarme al director? Necesito hablar con el guionista. Esas luces me impiden ver a los espectadores y ni siquiera estoy seguro de que haya alguien más allá de la platea.
No quiero pensar que, al fin y al cabo, esto es todo lo que hay. Esta sesión continua siempre improvisando, donde un orate con ínfulas de demiurgo pone palabras incomprensibles en mi boca, diálogos absurdos con contertulios desconocidos.
Debo partirme en dos. Ya no se trata de ser quien soy, además debo representarme en cada función ante un público distinto cada vez. Mi partener cambia cada día, el decorado también. De nada me sirve memorizar las palabras si mañana, en la próxima gira, en el siguiente auditorio seguiré sin saber si soy el protagonista de la obra o un mero actor de reparto.
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