La canción del Elegido
Sep 21
2009

Iba matando canallas
con su cañón de futuro.
Nunca quise ser elegido especialmente para nada. Llámalo de natural timidez o cobardía. En el fondo, ponerle nombre a las cosas es un simple pretexto para esconder nuestros miedos a lo distinto, a lo desconocido, a los fantasmas que necesitamos inventar desde la cuna.
O será porque entonces los demás se dedican a mirarte y basta que cualquiera te vea tres veces seguidas o tan sólo dos a lo largo de su miserable vida para creerse juez y parte de la tuya. No, nada de nombres, ningún dedo acusador: ya saben lo que pueden hacer con sus opiniones y con sus dedos. O deberían.
Todos cometemos errores y casi siempre son los mismos ya repetidos. Lo sabemos pero ahí le cambiamos el nombre, le ponemos otra cara, tenemos un hijo, acompañamos a un amigo al cementerio y, ésta vez, el va dentro de la caja. Algunos necesitan conocer la historia no de un golpe, sino de dos, de cien mil o un millón, y ni con esas. La mayoría paga con su vida ese conocimiento, les llega tarde o mal y nunca, después de tantos besos, tanto amor, tanto.
Sé que cuesta mirarse al espejo. De hecho sabes que yo opté por usarlos para otras cosas más placenteras, y nunca solo. Pero se trata de utilizarlo como Alicia, aunque hay que estar dispuesto a aceptar la imagen reflejada sin el típico comentario basado en una estúpida y aburrida realidad.
De eso se trata, de ser un niño otra vez, de cuando en vez y un viejo de vez en cuando y dejar de mirarnos el ombligo. Con lo entretenido que es mirar ciertos ombligos ajenos.
Sí, es difícil aceptar sin explicaciones el reflejo de tu cara en cualquier superficie reflectante, llámala espejo, charco en medio de la calle o los ojos de la persona amada, pero no deberíamos esperar más, porque ahora siempre es tarde, y este preciso momento sólo existe en este preciso momento.
De nada sirve convertirse en un ser de otro mundo, en un animal de galaxia; ser un principito revolucionario buscando de planeta en planeta lo que nunca se sabe, o lo que todos sabemos pero cuesta tanto admitir.
Matemos al canalla que llevamos dentro o aprendamos a convivir con él. Yo conozco alguno que en el fondo es querible, besable, vamos, amable. Pero eso sí, no todos los días, pero sí algunas noches.







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