Aprieta, pero no ahogues
ago 27
2009
Puedo dibujar con mi imaginación el dedo anular de tu pie izquierdo tan nítidamente como si lo hubiera mordido ayer noche. No me pidas averiguar el por qué, no te hablo de razones. Pero no creo que la capacidad creativa tengo mucho que ver con todo esto. Al fin y al cabo no ejerzo de dios a cada rato y no creo que ni él mismo, el inconmensurable, el invisible haya conocido mujer como tú. A eso sí que me niego. Que cada uno se hunda en su realidad consentida, pero mis obsesiones son mías, y tú eres la tuerta en este país de ciegos.
Sabes que últimamente vivo empapado de detalles: la mirada de esa niña en el metro o esa mariposa que, sospechosamente, detiene su vuelo en medio del tráfico y la polución y me mira y se ríe y se va. La necesaria magia del chamán del café al amanecer, con su embrujo histórico, con su sabor antiguo o el ataque premeditado del primer cigarrillo corrompiendo a las vírgenes, pocas células que se empeñan en seguir habitando mi cuerpo, avisándolas de que, de un momento a otro, cuando la más puta y virgen de todas termine su ronda nocturna y corra a esconderse tras la fuente de energía, habrá que empezar a ponerse la careta de individuo y apretar bien el nudo de la corbata que se empeñan en llamar realidad y convertirse en persona, en su más asquerosa y griega de las acepciones.
Y en ese amenazante amanecer, vacuo y monótono sin el roce de tus pies volveré a olvidar todas y cada una de las palabras que podría haberte dicho. Intentaré convencerme de que todo lo que escribí anoche no eran más que alucinaciones. Le echaré la culpa a la biología, a la madre que parió a todas las ciencias, a la lluvia, a ti. Así mis lágrimas serán sólo mías, mis canas de mi pecho, mis dolores de los años y tú no podrás ocupar todo y cada uno de mis pensamientos, y no tendré ni el más mínimo atisbo de memoria —ni siquiera el de tu olor— cuando mi mano procure el definitivo apretón al nudo que atenaza este cuello que tantas veces mordiste.
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