Cinco minutos
Ago 25
2009
Son cinco minutos, la vida es eterna en cinco minutos.
Te recuerdo, Amanda. Vícto Jara.
¿Me quieres?
Siempre la misma pregunta, la misma cantinela, el mismo corrido. La pinche margarita: ésta sí, ésta no.
¿Cuántas veces tengo que decírtelo? No me arrepiento de haberte amado, como se suele decir, incluso más que a mí mismo. Así me enseñaron o así lo aprendí.
Cuando en el barrio me partía la madre con un pendejo que me duplicaba en peso, en mataperrerías y en aventuras extraordinarias en la otra margen del río (o sea, en las casas de enfrente que parecían un país lejano y por conquistar cuando se inundaba la calle, en aquella época en la que llovía) ¿Acaso crees que era por hacerme el machín, por ser el único gallo del corral? No puedes imaginar lo dolorosamente sensuales que eran tus cuidados, tu mano restañándome el hilo de sangre que se dejaba correr por la comisura de mis labios.
La única foto que he llevado en mi cartera desde entonces es aquella cuando pudimos escabullirnos por un momento de (la bruja) tu hermana. No, ésa no; no fue cuando nos acompañaba la pequeña. A ella podíamos distraerla con una paleta de cualquier sabor. Demasiado pronto —tal vez— aprendimos que para ser medianamente felices había que recurrir al chantaje. Fue cuando me dijiste que inventara un dolor cualquiera, un infarto, algo lo suficientemente grave como para que tu hermana, la mayor, la que nació con el graduado de solterona, se asustará lo bastante como para ir a avisar a mis padres, a los tuyos, a todo el barrio y nos dejara cinco minutos de soledad compartida; los escasos, insignificantes y eternos cinco minutos que nos permitieron nuestra primera foto (fue nuestro primer beso ¿recuerdas?) juntos y solos.
Yo jamás he podido olvidarlo, a pesar de mi mala memoria. Hay cosas que uno se lleva para siempre, como el olor de tu pelo, el sabor de tus labios, el roce de tu piel, la intimidad casi mendigada.
Y sabes que no es un reproche. Sabes, de hecho, que nunca me he tomado ninguna de tus opiniones como una recriminación, a pesar de que los amigos en el bar pusieran caras cuando pedían la penúltima y yo inventaba excusas absurdas para llegar a la casa antes de que los niños se hubieran dormido.
Nunca te hice ver que esos retrasos eran lo mismo que cuando hacía turnos dobles en la fábrica y poder comprar los libros para el colegio, los braquets, los uniformes, aquel vestido que viste una vez en aquella tienda y que tan lindo te quedaba, las vacaciones en la playa, la televisión en color, el auto nuevo.
No sólo hacía falta ser un hombre: había que parecerlo. No era cuestión de querer tener una familia: había que crearla, quererla día a día, mantenerla.
Estoy seguro de que no te habrás olvidado de aquellas noches en las que teníamos que amarnos en silencio, como despacito, para no despertar al más pequeño que dormía en nuestra recámara por falta de espacio. Cuando te escuchaba apagar todas las luces de la casa, cerrar la llave del gas, tus pasos descalzos sobre el frío suelo de barro (qué fiesta cuando por fin pudimos poner el mármol! Auténticamente italiano, oiga!), tus ronroneos para que te los calentara; tus pies.
No sé si, aun hoy, puedas hacerte una idea de lo que me costaba mantener esa sonrisa a todas horas, ese buen humor que, evidentemente, no pudo ser hereditario; o tal vez por eso mismo, por no repetir patrones y escenas que estaba más que harto de vivir. Mi padre borracho, tu padre desaparecido en combate; mi madre chillando, la tuya perjurando.
Había días, sobre todo noches, en las que hubiera deseando llorar, simplemente llorar. Nada de dramas, nada de excusas para no levantarse otra vez, como siempre, temprano y empezar y terminar otra jornada tediosa y monótona. Pero esas ganas de nada se quedaban en el umbral de la puerta y las retomaba al día siguiente: en nuestro hogar no quería espacios para la amargura.
Nunca hubo un dolor tan fuerte que me impidiera pensar que tú habías estado todo el día batallando con los escuincles, preparándoles el desayuno, vistiéndolos mientras ellos jugaban a conquistar islas imaginarias saltando una cama a la otra, al abordaje de sus fantasías. Nunca dejé de verte con tu monotonía a cuestas cocinando como sólo tú sabías hacerlo, con ese a pesar de todo, con esa noche de migraña, con tus dolores genéricos y mensuales, con esa entrega espartana que me admiraba.
Sabes —¿Acaso no llegué a demostrarlo, tan poco te lo dije?— que lo que tú llamabas kilos de más para mí eran más gramos de ti. Tus canas, una evidencia más del tiempo compartido; tus arrugas —insignificantes, cariño; huellas de sonrisas, mi amor— fútiles venganzas del tiempo, inútiles argucias de los años.
Por eso, cuando lloraste con esa mezcla de melancolía y felicidad cuando unos ojillos idénticos a los tuyos te bautizaron con el epíteto de abuela, y me miraste como buscando una respuesta, un sentido, un valió la pena, no pude más que besarte y repetir el ensalmo: amiga, novia, mujer, esposa, madre, abuela.
Ahora debo irme, debes dejarme marchar. Basta ya de preguntas. Yo sé que sabes las respuestas. Esta carta que no recibirás es sólo para pedirte que dejes de recordar, pero que nunca olvides. Para decirte que no estoy muerto, que no lleves más flores a mi tumba, que mejor las engarces en tu cabello y me sientas, me leas, me quieras exactamente igual que durante aquellos cinco minutos en los que la vida fue eterna.
Tags: Amor, Cuentos, Las Palmas, literatura breve, relato breve, short story, Vidas








5 comentarios