Las+musas+inquietantes

Si no saben volar, pierden el tiempo conmigo.
Me importa un pito. Oliverio Girondo

Cómo te cuento, cómo empiezo a contarte. Que pagaría, mataría, me convertiría y sería hasta bueno con tal de verte caminar y me quedaría corto, pero no me cortaría. Claro que, tengo una excusa, perfecta, o dos: lo llevo en los genes y conoces todos mis (enumeremos, adjetivemos) vicios, deseos, obsesiones, neuras, secretos, aficiones…

Te tengo dicho que no me hables así. Cuándo vas a empezar a comportarte como un adulto. Para esto tanta educación, los colegios, la familia, los amigos (la sociedad, dios y su santísmia —pinche— madre y); ya va siendo hora de que.

Como ese lunar que tienes, cielito lindo, junto a, mi paraíso. Átame, por nuestro bien y por el de cualquiera que pudiera estar leyendo estoy y, al no tener ni la más remota idea (como yo) de sobre qué estoy escribiendo, empezará (again?¡) a vomitar las absurdas, tópicas preguntas manidas como por qué y/o para quién.

Así no te van a tomar en serio nunca. Siempre estás con la misma historia. Tú crees que la gente no se cansa de oírte repetir la misma cantinela palabra tras palabra. Bueno, allá tú. No me gustaría tener que decirte (ya, seguro que no) que ya te lo dije.

Sabes que esas cosas me resbalan, que las opiniones externas me parecen respetables pero. Que los halagos me halagan pero. Que lo que realmente necesito son tan sólo dos o tres miradas y poco más. Qué sí, que lo entiendo, que no consigo entenderme y que me mata de risa que los demás me hablen como si me hubieran parido. Que lo único que me importa es saberte ahí, sin preguntas, sin respuestas, sin ropa, desnuda por dentro y por fuera y, sí claro, como no, descalza y.

De verdad, llega un momento en que me das pena. No entiendes que todo esto que te digo es por tu bien. Un día te acordarás de todo esto y me lo agradecerás, aunque ya no esté. Yo, al menos, me habré ido con la conciencia tranquila. Me dirás gracias y.

No sé si este deseo tenga algo de malo o de eso que los demás (quién chingados) llaman pecado, pero sí tengo claro que no le pongo nombres a mi amor, y menos a lo nuestro —aunque es artículo sin sexo, neutro me duela más—, a esto (y dale) que se construye, que queremos construir de una vez y por todas de a poquito, en serio y no en serie, sin dejar que esta vez sea la vida la que dé vueltas a nuestros mundos y convertirnos en tripulantes de nuestro propio barco y poder atracar en tantos muelles como queramos.

Y si hay algo que detesto, y lo sabes, es cuando te pones en plan poeta. No te das cuenta de lo ridículo que te ves. Pero si ni siquiera te gusta la poesía. Es que no hay quien te entienda. Si sigues en ese plan van a creer que estas. No sé, tú verás, ya sabes que yo siempre.

Podría decirte tantas cosas que, de momento, me tengo que conformar con escribirlas para hacértelas llegar lo más cerca de tus sentidos, con lo fácil que sería tener preparada la mesa, ventilada la casa, tendida la cama, quitada la ropa, abiertos los labios, cerrados los ojos; tu mano en mi cara y las mías en donde han de estar, o tantito más arriba, o más abajo, o más adentro o.

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mapa antiguo canarias leonardo

Sucede que me canso de ser hombre.

Neruda.

Dejo de lado o bocabajo las crucifixiones y no me impongo más penitencias: abandono la flagelación con el látigo de siete puntas, que tan familiarmente me fueron tejiendo, y me calzo mis botas de siete leguas dispuesto a surcar los siete mares.

Me desabotono la camisa negra para ir hacia ti a pecho descubierto y no pienso detenerme hasta topar de lleno con los tuyos. Y toda esta extrañeza tal vez sea a causa de la falta de costumbre a mirar de frente, hacia adelante, de ganas de pisar tierra firme y clavar la bandera, y explorar todos los senderos que me depare eso que, a falta de mejor nombre, llamamos azar o vida.

Ojalá en mis momentos de debilidad mi único síntoma sea que me quede sin palabras, que me ahogue con suspiros, que mis manos te persigan y mis ojos te acompañen. Ojalá no necesitemos más códigos que las ganas. Ojalá inventemos el mundo, cada mañana.

Que no nos falten ni tiempo ni ganas; que no nos sobren ni piel ni espacio entrambas. Eso de las distancias me parece un invento para dar de comer a los geógrafos y el mapamundi la prueba de un crimen aceptado por falta de coraje. Por eso te marcopoleo, te colonizo y magallaneo volteando tu cuerpo, recorriendo tus estrechos te pongo del derecho, y del revés, por dentro y por fuera, y me lanzo a esta vuelta al mundo, de los sueños, de los días que no son ni ocho ni ochenta porque, tú sabes, yo no sé contar (sólo hasta ti) pero cuento con igual desesperación los momentos que pasamos juntos y los que no, a pesar de su evidente contradicción, porque estás aunque parezca que no, porque estoy, aunque parezca que me regreso a la infancia.

Es nomás que otra de mis estrategias para que me lleves dentro de ti. Una excusa para regresar al útero, cálido, reconfortante y arrullador de hembra madura, de pez en el agua, para salir por entre tus labios, pero de tu boca, masticándome con tu risa para resbalar, como una gota de sudor y hacerte florecer un cordón umbilical que mantenga unidos nuestros cuerpos al igual que las almas —y cosas así— tuvieron que reconocerse tantos años (vidas, instantes) atrás.

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Rosa y Mascara

In other words,

Hold my hand.

Este año, esta vez la víspera del verano me trajo un regalo inesperado, aplicándole de lleno el significado a la palabra sorpresa. Que en esta ocasión haya sido ligeramente negativa no le quita su grado (¿bisexual? Bifocal) bisémico.

La cosa es que estoy escribiendo esto con lentes y es la primera vez que me pasa en casi cuarenta años. Pero, como supondrás, no vengo a decirte que ahora uso anteojos. No, no es eso, es algo más.

Esta calle que piso ahora mismo tal vez no tenga nada que ver con la que haya bajo tus pies, pero estas ganas de abrazarte sí. Creerás que estos años que he vivido parecieran no tener nada que ver con tu pasado y, sin embargo, me conducen a ti, te acercan a mí, nos unen.

¿Has estado alguna vez dentro de algún sitio del que no quisieras salir? ¿No? Espérate, espérame.

Quiero convencerme de que no hace falta, que no ha sido necesario llegar hasta aquí, hasta este tiempo y este lugar para sentir lo que estoy sintiendo. O, simplemente, no necesitar haberte olido para saber a qué sabes, por ejemplo.

No me hagas caso, ya sabes y sabes —sientes— lo que pasa cuando te me encimas. Y encima no sé lo que me pasa que me dejo llevar por tus caderas. ¿A que ahora estás sintiendo cómo te beso, y no hay miedos? Lo siento y no acepto un no por respuesta. Así que, cállate y.

No tiene nada de extraño que, en este momento, piense en el día de mi muerte. Será por estas —ni pinches ni putas— ganas de vivir.

Sabes que mi misión está prácticamente cumplida. Sabes que no es una despedida. Sabes —y no te estoy preguntando— a qué sabes.

Carajo, me puede, me lleva toda esta gente viva a mi alrededor. Me salva el entender que estaré más vivo que estas simples máscaras, que no tendré que disimular nada, ni bueno ni malo; que no habrá balanza para medir cosas tan triviales como el bien y el mal.

(Paréntesis)

Esto es un paréntesis entre mi vida y la tuya. Un ligero, estúpido, insignificante signo ortográfico para conjugar los verbos, todos (paréntesis: ser, estar, parecer) en primera —y única— persona del plural. Y no, no es como piensan porque, no, no saben (y que le den mucho en sus madres); hasta que aprendan que tú y yo somos —silencio: te beso— nosotros que no vengan a —silencio: ¿me besas?— interrumpir en tu, mi, nuestras vidas.

¿Ya te dije que creo?

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pareja

Esto viene a ser como amanecer contigo, a tu lado. ¿Qué haríamos sin música? El olor de tus pestañas -las del párpado izquierdo, claro- me recuerda esa melodía que silbaba de pibe. Cuando quería ser un héroe de leyenda y rescatarte. Cuando era el pinche Conde de Montecristo y me lamía las heridas entre cucarachas, humedad y personas.

Viene a ser como ese escalofrío que erizaba la piel, la mía o la tuya, cuando compartimos cualquier canción en, sobre el sofá. Siempre fue un método ideal para hablar sin mover los labios, para pedir disculpas innecesarias o hacer promesas ya cumplidas. Un juego privado en el que no hay más regla que respetar el turno de cada cual a la hora de la elección: una sinfonía, un beso, una guitarra, un pie inquieto como excusa, un saxo y los nuestros.

De repente -mis cosas- me quedo mirando fijamente a cualquier punto indeterminado de la pared. Mis ojos tropiezan con un recuerdo convertido en fotografía, ideas escritas en libros, paisajes comprimidos en cuadros pero, sabes que te estoy mirando a ti, y sé que tú también me miras y se nos pone cara de silencio.

En esos momentos me basta estirar mi mano porque estoy seguro de que te va a encontrar. Tu cuerpo se convierte en escudo contra la soledad y el tiempo se hace prescindible y deja de contar; el espacio se reduce a sudor y saliva, y la ropa un invento absurdo. Vuelves a ser la misma de ayer y tan distinta que me asustas, me envuelves, me llamas, acudo y voy, y nos vamos y nos venimos.

Es justo en momentos así que mi falta de memoria pasa a ser virtud. Debo asegurarme -ves, a veces es tan fácil combinar deber y placer- de que eres la misma de anoche, la que colabora de manera inequívoca y premeditada a seguir mi rumbo; la que me permite estar a su lado para lograr nuestros sueños.

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piernas

No hasta dos o hasta diez
Sino contar conmigo.


Cuando tus defectos empezaron a enamorarme supe que estaba —irremediable y afortunadamente— perdido.

Comencé a pensar para ti: básicamente me atacaron los adverbios acabados en mente y mi mente se volvió a atacarte, a perseguirte por el pasillo de casa (y sí, ibas descalza; y sí, ibas semidesnuda)

Ese lunar que tú creías que te afeaba, ese en el que nadie había reparado, me lo encontré en una expedición bien organizada a tus centros. Esta vez supe que no hablaba en pretérito ni en condicional. El final de esta excursión eras tú; acaso nosotros.

Estoy ejerciendo mi derecho a la contradicción y voy y vuelvo (y me vengo) al presente, y voy y regreso al futuro.

Sabes que quiero vivir una vida en una ciudad cambiante. Sabes que no quiero arrepentirme. Sabes que esta vida es tan corta que no vale la pena estar sin ti, aunque te haya conocido, como quién dice, ayer; aunque nunca haya tenido el dudoso, o no, placer de haberme reconocido.

Que voy y vuelvo y que amo esta ciudad cambiante, que tu orgasmo la desdibuja, que tus ojos me miran por más que pretendas apartarlos con excusas como la felicidad o cosas así, y la vuelve a dibujar para dejar esa expresión en tu rostro cuando, por la mañana, me respiras y te observo. No me importa, me da igual si te veo sonreír, en vertical o en horizontal: el reflejo de tus labios y más.

¿Sabes? (porque sabes ¿verdad? ¿A qué sabes?) Cuando anoche intentabas hacerme recordar que me había olvidado de decirte que me recordaras que no debía olvidarme de decirte que, justo en ese momento, o tantito después de inventarte ya no sabía si habíamos estado saliendo o entrando el uno del otro, si acaso éramos tan distintos que parecíamos iguales.

Justo en ese preciso instante, en el que te dije que mi vida se había convertido en un cúmulo de estos instantes con aspecto de déjà vu, y que tu vientre vibraba al ritmo que marcaban mis manos en tus caderas, supe que el único defecto que me costaría aceptarte sería, es y será que tus pezones me miraran distinto; no sé —ya sabes—, cosas así.

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