Neuman en el Geneve (en El viajero del siglo)

Ha pasado casi un año (4 de agosto de 2009, Hotel Geneve, DF) y no parece que no haya pasado nada más que tiempo. Digamos que esto es algo parecido a una reseña de un libro aunque no sea más que una excusa para recordar un espacio y un momento determinados.

Mis congratulaciones al narrador que, ahora me entero, recibió otro premio por el libro aquí mencionado. Hay gente pa tó, que diría alguien.

“El futuro nos espera en el siglo XIX”

Aunque parezca una pedantería, a pesar de la posible belleza de un oxímoron más o menos conseguido, sólo espero que se convierta en otra predicción fallida y que nunca se convierta en realidad.

Creo recordar que la presentadora del acto habló de que el premio, presidido —otra vez— por Luis Goytisolo (lean sus libros más que sea como experimento científico para comprobar que la literatura no tiene nada que ver con la genética. Alá sea con Juan) destacó el estilo decimonónico del autor pero escrito en el siglo XXI. No lo sé, estoy ahora mismo asistiendo a una “lectura dramatizada” por el mismo autor y una actriz que de la que sólo sé que está muy buena y sabe lo que hace, ella, claro. Pero no debo ser tan desagradecido: al menos la representación me anima a no leer la novela, definitivamente.

Bueno, seamos exactos, justo ahora una señorita está comenzando un “diálogo” con el autor (lo juro). Lleva cinco minutos de preguntas, y sigue, y sigue y. Perdón ¿me repite la pregunta? ¿por enésima (pésima) vez?

Las pocas neuronas que destino a la memoria no se merecen seguir padeciendo la presentación de otro libro que ha recibido otro premio que (jajaja) nadie se esperaba. El bar del hotel me llama con su salvador canto de sirenas. Alabado sea Don Julio.

Así que les invito a pasear por el hall (mezzanine) de este emblemático y legendario establecimiento del DF. Acompáñenme, por el bien de su salud mental. Ahora mismo estoy sentado en el salón central con sus paredes tapizadas por libros, una pantalla descomunal y un sillón de esos que nunca he sabido cómo se llaman, completamente redondo. Si se mueren de curiosidad — como supongo—, pueden preguntarle al Viajero del Siglo que debe conocer su historia y, tal vez, incluso escriba otra novela dedicada a la decoración como una de las bellas artes. No le den ideas que es lo único que le falta, por favor.

Pero ¡oh, Musas! ¡oh, Dioses! ¡oh, mi chula Lupita! El destino crueeeeeel se burla de mí y me concede la oportunidad de tener a dos metros de mí, de este cuerpito, a nada menos que otro ilustre ganador de este premio tan ecuánime y fuera de toda sospecha de apaño: Él (¿eso?), el inevitable, perdón, inimitable, único (thanks God!!) Xavieeeeeeeeeer…. Veeeeelasco!!! Tatatachán!!!! La chavita sentada frente a él moja sus calzones mientras se toma un Dry Martini mezclado con sus propias babas y el ilustre poseedor de las nuevas letras mexicanas pasea su mirada por el bar sorprendido de que nadie, ni si quiera yo, lo pele. Pobre, pinche Diablo Guardián.

¿Les parece poco? No podía faltar a la fiesta Volpi, el otro gran poseedor y chalalá. Isabel Allende no estaba, pero mandó una adhesión.

La coincidencia de hoy ya sabes cuál es: la posibilidad de volver a coincidir y, además, estar mirando una columna forrada de madera con un cuadro insertado en medio y en su interior seis retratos (típica descripción decimonónica para decir que la coincidencia de hoy…) de personalidades que debo suponer pernoctaron alguna vez aquí. Y no, claro que no es casualidad que esté mirando el de Cortázar bajo Malcom Lowrey y estas ganas de mezcal que, sólo por hoy, le achacaremos a este entretenido evento.

Por último, les recomiendo encarecidamente leer la novela de Andrés Neuman. Yo ni la he leído ni lo pienso hacer; empecé pero supe que sólo tenía una vida en esta reencarnación y decidí aprovechar mi tiempo en otras cosas, como escribir para convertirme en el próximo premio Alfaguara, más que sea del siglo diesi… venti…

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Rear Wiew (en En estos y otros días)

Dicen que el uso lleva al abuso y sabes que pocas cosas detesto más que los adjetivos. Por suerte, cuando te tengo delante se me acaban todos y, a veces, hasta me invento alguno. Pero tengo justificaciones más que sobradas para hacerlo: tus pies, tus muslos, tus ojos, tú.

Y pocas (o ninguna) cosas amo más que amarte, sin ton ni son, a diestra y a siniestra, perfecta y perversamente, del derecho y del revés, sin prisa, sin (prosa) pausa pero detenida y minuciosamente. De la única forma que entiendo, de la única manera que nos merecemos y nos gusta.

Tú no hagas caso de nada ni de nadie, ni tan siquiera de mí. Déjame con mis manías, mis vicios, mis neuras. O sea, déjame a tu lado, o sobre o bajo o junto o dónde, cuándo y cómo sea, pero juntos.

La distancia no es más que una jugarreta del destino para ponernos  a prueba, pero ya hemos superado muchas, demasiadas como para darnos por vencidos sin antes haber luchado, destrozados sobre nuestra cama y nuestras vidas.

Antes era todo tan sencillo. Se trataba de ir viviendo poco a poco dejándose morir, sin que los días (y mucho menos las noches) tuvieran más sentido que ir arrancando hojas del calendario mientras contábamos canas, años y se acumulaban las ganas, los daños.

Ahora, paradójicamente, el tiempo es como cuando éramos niños y parecía que nunca iba a llegar el dichoso día de tu cumpleaños y las horas eran eternas, los minutos asesinos y teníamos la certeza de que las manecillas del reloj habían formado una alianza en contra de nuestra felicidad.

En el breve infinito que dura un orgasmo, ese no sé qué que qué sé yo que no tiene ningún sentido si no te miro a los ojos y respiro tu sudor, en ese preciso, exacto, necesario y diario momento en el que el sexo se convierte en dios y en diosa, las calles que tus pies han caminado, los edificios que tu mirada ha bautizado, las lunas, días y noches, noches, noches nuestreándonos, cometiendo el sagrado pecado de hacernos, de sernos, sentirnos, justo, pero también antes y después y tanto y siempre nos da por recrear ese vida que los demás creen —y ojalá— estar viviendo.

Miro las cuatro paredes de esta recámara intento encontrar las respuestas. Miro al cielo con la pluma en los labios y la mirada ausente como de poeta o esquizofrénico alcoholizado, muy chic, muy cool, pero muerto de hambre pensando en tu abrazo, en tu espalda.

Decido que todo esto debe tener un fin o, más que sea, un principio. Y me prometo firmemente no volver a escribir nada parecido a esto pero ¿cómo le hago? ¿Se te ocurre alguna forma distinta para decirte que te amo?

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Por no olvidarme que, a veces,

tal vez sin quererlo,

me estés escuchando.

Es Viernes y en este viaje que dizque te aleja de tu centro, de tu isla amada, de tu amada tejedora de telarañas, esta bifurcación del tiempo y el espacio que llaman vida, sabes, crees saber, sabes creer, quieres y, a veces, amas.

Y ¿qué tiene de malo aislarse? ¿Acaso no somos islas bañadas, lamidas, remojadas por la corriente? No hay viaje interior. No, no hay agencias de viaje que vendan boletos hacia el país de Nunca Jamás.

No te inventes sirenas, ni novelas, ni técnicas literarias. No más monólogos interiores, ni misas —ni visas siquiera para un sueño— viendo amanecer ni desayunos con diamantes o riñones.

¿Qué te asusta del mar? Eres el capitán de tu barco, de tu chalana, de tu pinche trasatlántico y sólo tú decides el rumbo. Húndete, ahógate, ahórcate pero no justifiques tu premeditada huída con ínfulas de héroe: tu pelo largo, tu cara de yo no sé, ya estaba así cuando yo llegué.

Te rascas por si te llegara a picar; dices estar vivo porque te dijeron que morirás, inevitable, lenta, lamentablemente. Naces, creces, a veces te reproduces y mueres y todavía pretendes un porqué. Es más, todavía pretendes que yo o ellos o todos  entendamos que no estabas huyendo, que sólo fuiste a —imbécil— darle una vuelta al mundo, a comprar tabaco; y tú sigue tejiendo, que no tardo ni tantito.

No te perdiste en el viaje, te perdiste el viaje. Quita la cera de los oídos de tu tripulación. Oh, di, sé, Oh… pinche culero.

Y tal vez hoy sea lunes y de noche y no se me ocurran frase célebres ni momentos memorables que d-escribir, ni siquiera puedo recordar tu piel, tu olor o la primera vez que. Porque, ¿sabes? no me sirve de nada que ni tú ni nadie lea esto o cualquier otra cosa que haya parido mi —imaginación, mente— lo que sea, porque no me siento, no te puedo hacer sentir y me vale despertar cualquier sentimiento.

Hoy no me sobra el corazón, hoy no tengo ni la más remota idea del significado de esa palabra. Esta noche llego al final de este viaje. Me prestaron los sentimientos con que comprar el boleto de ida a este mundo, a esta vida que no vale nada si tengo que posponer otro minuto de ser y morirme sin amarte.

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Negaré haber escrito esto al menos tres veces antes de que cante el gallo, al menos tantito antes de que se acabe el reven y amanezca y pueda reconocer en tu mirada los ojos que anoche —y perdóname el lugar común— brillaban en la oscuridad.

¿Sabes? Esa parte creo que no te la conté, tal vez para que pensaras que aún hay algo más por descubrir, pero siempre quise dramatizar el capítulo número siete. En verdad no sé si eres consciente de mi mirada persiguiendo tus movimientos, tus gestos o tu voz. Tal vez exista alguna fotografía como prueba gráfica para justificar mis —esta vez vamos a llamarlas— necesidades o preferencias u obsesiones.

Sirvo dos copas de lo que sea para brindar no sé con quién ni para qué. Y, sin embargo, no estabas; no estabas en mis sueños de hace media vida, y esta nueva que comienza parece un final mal escrito. Revisas mis textos, corrijo mi edad, destrozo el espejo con el asco que me produce el tipo ese que me mira desde el otro lado mientras los signos de interrogación vuelan por la recámara que a veces llamo casa y se lanzan en picado y me muerden y no encuentro respuestas.

Pocas certezas y ninguna ayuda. Sé que la barba de tantos días y las canas de tantos años son un escudo frente a las ganas de morir, que olvidarme la navaja de afeitar es un síntoma de querer estar y compartir, aunque tal vez sea tan sólo un efecto secundario de la edad o la cobardía.

Tengo miedo, sabes. No sé por qué nos resulta tan difícil decir las cosas más simples. Detesto las palabras que no nos llevan a nada o atragantarme con verdades que parecen mentiras. Tendré que empezar, volver a usar los métodos de tortura tradicionales para despertar a este cuerpo vacío incapaz de crear vida del que nacen muertos. Veremos hasta donde aguanta un saco de huesos y un cacho de corazón y ojalá me lleven a tu sexo. Ojalá por lo menos mi cuerpo sea capaz de sentir dolor para expresar placer. Ojalá pueda hacerte el amor.

Evidentemente nunca leerás esto que escribo y yo jamás sabré por qué lo he escrito. Pero sí, yo también necesito, algunas veces, vomitar pero no palabras, hoy no, no esta noche, este día en el que siempre creía que estaría muerto y, carajo, lo estoy.

Tal vez la vida sea una tragicomedia que debe ser escrita a cuatro manos. Juguemos con los tiempos y las formas verbales, hagamos las acotaciones pertinentes. Ya sabes de mi preferencia por los cambios radicales de persona. Tú, yo, nosotros. Permíteme, pero sólo esta noche, este día, dar gracias por el pasado y a la persona que me trajo aquí, por el futuro y quien me espera y me recuerda y que está allá por mi culpa. Y pedir perdón por este presente de ausencias, por estas ganas de decirte que, aunque ni yo me lo crea en este momento, hay algo, hay ganas, algo más que esta estúpida y feliz tristeza.

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